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Irrestricta libertad de expresión

La invitación que hizo la Universidad de Columbia, de Nueva York, al Presidente de Irán, Mahmud Ahmadineyad, a hablar ante sus estudiantes y facultad aprovechando la participación del Presidente iraní en la 62 Asamblea General de las Naciones Unidas, fue una demostración irrefutable de la irrestricta libertad de expresión que existe en la democracia norteamericana. Sin embargo, la decisión de la Universidad de Columbia fue cuestionada, lo cual también es parte de la democracia.

En su discurso en Columbia, Ahmadineyad dijo —entre otras cosas— que el Holocausto (o sea el asesinato masivo de seis millones de judíos por parte del régimen nazi, durante la Segunda Guerra Mundial), debía tratarse como una teoría y no como un hecho; y que, por lo tanto, debería estar sujeto a debate y a mayores investigaciones. Pero Ahmadineyad también oyó lo que se merecía, de parte del presidente de la Universidad y participantes en el coloquio.

¿Debía o no la Universidad de Columbia invitar a un mandatario conectado con el terrorismo internacional, la violación de derechos humanos y la proliferación del arma nuclear? Las autoridades de dicha Universidad ofrecieron tres argumentos para justificar su invitación: uno, el principio de libertad de expresión; dos, la necesidad de proveer a sus estudiantes con información y perspectivas diversas; y tres, la oportunidad de confrontar al mandatario iraní en temas controversiales.

El autor estadounidense Abraham H. Forman dijo que el principio de libertad de expresión no obligaba a la Universidad a invitar a un Jefe de Estado que niega el Holocausto, llama a la destrucción de Israel, apoya el terrorismo internacional y busca cómo adquirir armas nucleares con fines agresivos. Según Forman la cuestión principal no era del todo la libertad de expresión, sino si era apropiado invitar a alguien como Ahmadineyad. Asimismo, afirmó que un individuo que manipula el pasado no es alguien de quien se pueda aprender y que la historia de entrevistas de Ahmadineyad demuestra que es un especialista en evadir preguntas o devolvérselas al entrevistador. Esto último quedó demostrado cuando el decano de la Universidad, John H. Coatsworth, preguntó a Ahmadineyad si él o su Gobierno buscaban la destrucción del Estado de Israel. Aunque el Presidente iraní expresó en el pasado que Israel debía desaparecer, esta vez no tuvo el valor de repetirlo y se limitó a decir hipócritamente: “Amamos a todas las personas. Somos amigos de los judíos. Hay muchos judíos que viven pacíficamente en Irán”.

En realidad, en aras de la libertad de expresión es necesario oír aun a personas como Ahmadineyad. Este fue el criterio de una estudiante de Columbia, Stina Reksten, la cual, según el New York Times, dijo: “Estoy orgullosa de mi Universidad en este día. No quiero confundir la grave situación de los derechos humanos en Irán con el asunto aquí en discusión, el cual es la libertad de expresión. Esto es acerca de libertad académica”. Y es verdad. La libertad de expresión es un derecho pisoteado por el mismo Ahmadineyad en su propio país, pero habría sido una contradicción no permitirle hablar en Estados Unidos y específicamente en Columbia.

El peor violador de la libertad de expresión en Latinoamérica es, sin duda, Fidel Castro. Las personas que en Cuba se atreven a expresar criterios contrarios al Gobierno van a la cárcel y hasta corren el riesgo de perder la vida. Para muchos cubanos la falta de libertad es desesperante, al extremo que prefieren lanzarse al mar en carros viejos adaptados para servir como botes, o en improvisadas balsas fabricadas de materiales frágiles, y se arriesgan a perder la vida, con tal de tener una oportunidad de llegar a suelo estadounidense y salir de la gran cárcel que Fidel Castro ha hecho de su país. Los nicaragüenses que vivieron bajo la dictadura sandinista de los ochenta, pueden identificarse con la desesperación de los cubanos. Las dictaduras no permiten que se expresen abiertamente criterios distintos de los oficialistas. Que una Universidad cubana haga lo que hizo la Universidad de Columbia, es decir, permitir que el presidente George Bush exprese sus criterios ante los estudiantes y la facultad, es sencillamente inconcebible. Esto sólo puede ocurrir en un sistema donde la irrestricta libertad de expresión se considera como un derecho inalienable.

La libertad de expresión ha costado sangre, sudor y lágrimas y practicarla es la mejor forma de defenderla.

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