Estadistas dictatoriales y totalitarios que tergiversan la democracia a su manera, cuando asisten a foros internacionales que representan diferentes ideologías y sistemas acostumbrados a imponer sus criterios, regularmente casi siempre se ubican fuera del contexto de las leyes constituidas y sin el debido respeto al derecho ajeno, que es base intrínseca de la democracia, se aprovechan, para sin ningún tino exponer erráticas ideas.
Ellos, con su tergiversación de la democracia, que es en sí su careta de presentación, la utilizan demagógicamente en sus presentaciones públicas.
Ellos hacen toda clase de promesas falaces que son incapaces de cumplir; y siendo intolerantes no conciben nada ni a nadie que altere en parte sus ególatras propósitos, ya que leyes y costumbres que hacen elásticas las adecúan de forma permanente a su sistema dictatorial.
Por lo que no se debe extrañar el comportamiento de tales especímenes en la Cumbre Iberoamericana en su 17 aniversario, en esa ocasión celebrada en Santiago de Chile, como se ha dicho, con fines de: un nuevo pacto de “Cohesión social y crecimiento económico…”, que debió haber sido aprovechada específicamente, como lo expuso con lógica acertada, el presidente español Rodríguez Zapatero a su homólogo Chávez.
La conducta de dos jefes de estados latinoamericanos, cuyo nombre no hay razón de precisar, los exhibió no solamente en sus países pues por medio de la prensa internacional a nivel mundial lucieron sus ímpetus fuera de todo contexto, opacando y entorpeciendo la importante meritoria y fructífera agenda, que con fines sociales se ha realizado en diferentes países aportando beneficios.
Es cierto que aunque su particular actitud de hecho les hace daño, de manera específica dañan al país que representan. De tener representantes se tiene culpa directa o indirecta de los electores, o más bien de falta de civismo de los pueblos que pasivamente lo aceptan como tales. No se precisa recurrir a la violencia para expulsar a malos representantes. La Carta Magna tiene los medios cívicos para lograrlo.
No hay que esperar peras del olmo. Ello sería como esperar que el cornezuelo que anida hormigas no tenga espinas. Para resolver problemas de tal naturaleza no es preciso hacer reformas constitucionales y mucho menos cambiar la Constitución de la República, sólo basta respetar y hacer cumplir las leyes constituidas por la misma. Si hay algo que cambiar es la actitud de quienes legal y cívicamente pueden hacerlo.
Como se sabe el Estado está integrado por cuatro poderes, por lo que no es únicamente el Ejecutivo el que representa al pueblo en el Gobierno. La Constitución define sus funciones y atribuye responsabilidades, las cuales para que haya verdadero estado de derecho, estas deben cumplirse a cabalidad sin que haya interferencias negativas; y la responsabilidad de todos es el efectivo cumplimiento de las leyes.
Que Dios nos dé el coraje cívico necesario para dignificar el Gobierno de nuestra querida patria.