En el año 498 A.C. se creó en
la antigua Roma el cargo de dictador, con seis meses de autoridad absoluta, como una forma de enfrentar grandes crisis. Los primeros dictadores resolvieron los problemas que originaron sus nombramientos y dimitieron antes del plazo de seis meses. Sin embargo, su rectitud y abnegación se vieron sobrepasadas por ambiciosos que quisieron instaurar tiranías y convertirse en dictadores vitalicios.
Algo similar está sucediendo en Venezuela con las pretensiones del presidente Hugo Chávez de ser reelecto de forma indefinida dentro de lo que él, desde su única óptica y a su medida, ha llamado el socialismo del siglo XXI.
¿Pero qué tantas capacidades tiene este pretendiente del poder vitalicio? Desde el punto de vista militar, su intentona golpista en contra del presidente Carlos Andrés Pérez fue un fracaso total que no se convirtió en una matanza gracias a la ponderación del entonces Ministro de Defensa, general Fernando Ochoa Antich, que contravino las órdenes de un desesperado presidente Pérez que había ordenado reprimir, a sangre y fuego, el intento de golpe de Estado. Desde el punto de visto económico, a pesar del alto precio del petróleo, el presidente Chávez ha convertido a Caracas en una ciudad atestada de vendedores callejeros, ha ahuyentado la inversión y no son pocas las empresas que se han instalado en otros países. Desde el punto de vista político, Chávez ha dividido a su país, enredado con su palabrería a los más necesitados y de forma temeraria ha calificado de “socialismo del siglo XXI” a una serie de ideas inconexas cuyo único propósito parece ser su permanencia en el poder, en vez de una estabilidad social basada en la justicia y la libertad, en especial la libertad de expresión.
Este próximo domingo 2 de diciembre el pueblo de Venezuela enfrenta el dilema de aprobar o no, a través de un referendo, el proyecto de reforma de la Constitución Bolivariana de 1999. El problema es que, en medio de cambios que llevan anzuelos como la reducción de la jornada laboral a seis horas diarias, Chávez busca la reelección presidencial indefinida. A criterio de su ex Ministro de Defensa, Raúl Baduel, la reforma “da al Ejecutivo poderes que lo hacen incontrolable por parte de los demás poderes y de la nación”. Baduel no sólo fue uno Ministro de Chávez sino que fue su compañero de promoción en el Ejército en 1971, en los años ochenta —junto con Chávez—formó parte del grupo de 4 militares que creó el Movimiento Bolivariano Revolucionario 2000, y en abril del 2002, tras el golpe de Estado que tuvo al mandatario 48 horas fuera del poder, Baduel comandó la operación con la que el Presidente regresó a su cargo.
Por supuesto que los fieles seguidores de Chávez han llamado traidor a Baduel. Pero esta ambición de poder tan desmedida del Presidente Chávez y sus oscuros resultados sociales, económicos y políticos, no hacen más que reforzar una de las dos impresiones que el escritor Gabriel García Márquez tuvo en enero de 1999 cuando viajó con Chávez: “un ilusionista, que podía pasar a la historia como un déspota más”. Ojalá y el pueblo de Bolívar diga no a las reformas. Tal vez así el Teniente Coronel que llegó a Presidente logra ver la otra impresión de García Márquez: “Uno a quien la suerte empedernida le ofrecía” (y todavía le ofrece) “la oportunidad de salvar a su país”.