Aunque lo que expondré a continuación también lo extiendo a estudiantes de secundaria, mi prioridad son los universitarios… los falsos.
El filósofo español José Ortega y Gasset (1883-1955) en su lección universitaria Sobre el Estudiar y el Estudiante —publicada en el periódico La Nación, de Buenos Aires, en abril de 1933—, dice que “la verdad es aquello que aquieta una inquietud de nuestra inteligencia”, y por tanto “una verdad no existe propiamente sino para quien la ha menester, que una ciencia no es tal ciencia sino para quien la busca afanoso”.
Tomando en cuenta las aseveraciones de Ortega y Gasset y, por supuesto, apoyándolas, he caído en la conclusión de que hoy y siempre han existido universitarios falsos, es decir, jóvenes que “optan” por una carrera impulsados por la coercitiva influencia de sus padres o por la errada idea de “la carrera que te dará más plata”, y que en palabras de este filósofo español equivaldría a que “se le invita a hacer suya una necesidad que no es suya”.
Día a día, por los pasillos y en las aulas de las universidades, estos jóvenes se entregan a las clases de sus ficticias carreras y podrán obtener excelentes notas, pero pasión por ellas es lo que les falta. Recuerdo que cuando decidí estudiar Periodismo y se lo comunicaba a mis allegados, pocos fueron los que me incentivaron en un primer momento. Hasta mi mamá decía: “A mí me hubiera gustado que una de mis dos hijas universitarias estudiara Contaduría Pública”, pero no fue así, la pasión de mi hermana mayor y la mía nos llevó por caminos muy distintos: a ella por los del Derecho y a mí, pues ya ven.
¡Ay! ¿Qué hubiera sido de mí estudiando los números? No son ni mi pasión ni mi vocación.
Cuando hablamos de pasión y vocación nos referimos —por conocimiento general y definiciones de las enciclopedias— a la inclinación de la persona hacia lo que desea, y a la inclinación natural de una persona por un arte, una profesión o un determinado género de vida, respectivamente.
Entonces, qué mejor decisión la de un joven, sino la de aplicar libremente estos dos sentimientos para decidir lo que hará el resto de su vida, acompañado de lo que una vez me dijo uno de mis profesores: “Lo que nos gusta hay que hacerlo bien”. ¿No creen que sería esta una mejor sociedad? Si no es así, a padres e hijos les hago la pregunta que Ortega y Gasset hace en la introducción a la lección universitaria Sobre las Carreras —también publicada en La Nación, de Buenos Aires, pero en octubre de 1934—: “¿Han pensado ustedes bien en lo que es una carrera y en lo que es seguirla?”