Querida Nicaragua: Definitivamente aquí las magistraturas hace tiempo perdieron su prestigio y señorío, el mismo que sin duda tuvieron en los tiempos del pasado. Un magistrado en las primeras décadas del siglo XX era todo un señor a quien uno se dirigía con sumo respeto y que gozaba del aprecio de la sociedad en general. Hoy, con las naturales excepciones del caso, cualquiera es magistrado. Obscuros abogados politiqueros de ambos sexos llegan a esos cargos, no necesariamaente por probos, ni por haber sido ciudadanos de relevancia en el desempeño de su profesión, sino por todo lo contrario, porque no son probos ni se han destacado. Inclusive a algunos de ellos se les señala por haber obtenido sus títulos a cambio de cortar café en las montañas en los años de la Contra, labor que era premiada por el frentismo.
Lejos quedaron aquellos tiempones de los magistrados que eran como una institución y cuya sola presencia infundía respeto. Hoy son otros los valores o antivalores, otros los méritos o deméritos que se requieren para llegar a juez, luego a magistrado de algún Tribunal y después al codiciado cargo de magistrado de la Corte Suprema de Justicia.
No tengo la intención de demeritar a nadie. Que cada quien haga su propia valoración y se sitúe en el sitio que le señale su conciencia.
El caso de ahora es triste y lamentable. Hay centenares de juicios pendientes de fallo, aletargados en las gavetas de los juzgados y las cortes. Hay recursos de amparo cuyos gestores han esperado meses sin que ningún juez ni magistrado se preocupe por darles trámite. Sin embargo, cuando los revoltosos de los llamados Consejos del Poder Ciudadano, derrotados en su pretensión de ser legalizados, corren hacia un Tribunal y presentan un recurso para anular la soberana voluntad del Congreso, en una hora dos magistrados sandinistas y uno liberal lo aceptan e inmediatamente dictaminan la nulidad del acto y le prohíben al Presidente del Congreso mandar a publicar la ley en la Gaceta. Este último, frentista hasta los tuétanos, naturalmente acata encantado el mandato de los magistrados.
Cuánta diligencia, cuánta inaudita rapidez que sólo vemos cuando estos magistrados actúan obedeciendo la orden de sus amos.
Ni siquiera parece darles vergüenza. Como que ya se volvió rutinaria esa forma de actuar. El jurista y filósofo Alejandro Serrano Caldera hizo un análisis contundente acerca de la violación de las leyes en que incurrieron estos señores magistrados, un análisis jurídico tan claro como el agua.
No puedo decir que me da vergüenza ajena. Me da vergüenza propia, me da pena, me da náuseas el grado de irrespeto de estos señores. En un país que se respetara, gentes como estas serían inmediatamente desaforadas y suspendidas de sus cargos. Pero aquí todavía no hemos podido llegar a tener ese grado de respeto hacia nuestra patria de la que tanto hablamos y nos enorgullecemos. No nos respetamos ni respetamos las leyes. Y si los señores magistrados, que tienen más que nadie la obligación sagrada de respetarlas actúan de esta manera, qué podemos esperar de nuestro pobre pueblo sumido en la desesperación del desempleo, el alto costo de la vida, la falta de salud y educación.
Todo este irrespeto por la ley, este tipo de autoridades judiciales, de magistrados y jueces títeres y venales, son la herencia nefasta del descalabro seudo revolucionario cuyos ecos siguen resonando. Ojalá que aprendamos la lección y podamos forjar un futuro luminoso donde impere el respeto por la ley.