Hace poco observé una foto digital en el internet —tomada por Michael Kamber para el New York Times— que expresa con elocuencia sin par el dolor de los pobres del mundo. Era de una mujer iraquí que, de pié, cargaba a su niña frente a su tienda de lona erigida sobre la arena en el campo de Sulaimaniya, al norte de Irak, en donde había dado a luz hacía pocas semanas sin doctores ni control prenatal ni agua potable. Joven pero prematuramente envejecida, su cabellera negra y lisa envuelta en una pañoleta negra cuyo extremo izquierdo daba una vuelta alrededor de su cuello y caía sobre la espalda y cuyo extremo derecho descansaba suavemente sobre su pecho. Llevaba una blusa o bata —la foto no permite determinarlo— de mangas largas en la que sobresalía el café, el amarillo y el negro en extraños dibujos similares a espinas dorsales a lo largo de los brazos. Su rostro moreno y bello; su frente amplia, tostada y arrugada por la inclemencia del medio ambiente, de cejas afiladas, nariz larga y elevada y ojos grandes, entrecerrados y velados por unas pestañas crespas y torneadas.
La niña en sus brazos miraba intensamente algo que atraía su atención, vestida con un suéter de algodón, color violeta con franjas celestes, made in USA, con la palabra Daisy al frente y un gorrito de color indefinido que le cubría la frente y descansaba sobre sus orejas. La madre la sostenía de lado contra su pecho, metiendo los dedos de su mano derecha —mano de largos dedos oscurecidos por el sol de oriente bajo el cual hace cualquier cosa para ganarse la ración de comida del día— debajo de la axila izquierda de la niña mientras hacía un asiento con su brazo izquierdo. Desde dentro de la tienda, apenas visible por la sombra, otro niño de siete u ocho años asoma un rostro sonriente y malicioso, ajeno a su tragedia, mientras se cubre —tímido— la boca con la mano izquierda. No se puede saber cómo está vestido pero lo que lleva encima parece de color azul marino y le queda demasiado grande. Al fondo se aprecia una colina y sobre esta, una torre metálica. Más acá, otra tienda y materiales como lonas y tubos desordenadamente dispersos. El cielo aparece nublado pero el resplandor del sol naciente ilumina la escena. La toma impresiona en su conjunto pero nada me atrapa más que la actitud de ese rostro digno que nunca usó cremas humectantes ni lápiz labial ni rubor y que sin embargo es perfectamente hermoso en su dolor, el dolor de los pobres que en todas partes del mundo esperan el día en que los políticos dejen de utilizarlos para hacer discursos y enriquecerse y por fin hagan algo en su beneficio. La foto puede verse en: http:/intimes.com/slideshow/2007/11/07/nytfrontpage/20071107POD_9.html