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A Nicho lo que es de Nicho
María José Zamora
La autora es psicóloga
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Cuando leí los resultados de las encuestas de Cid-Gallup en la que más del 70 por ciento de las opiniones calificó la gestión del alcalde Dionisio Marenco como positiva, recordé aquella frase bíblica que llama a dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios, en el sentido de que, no obstante mis prejuicios sobre lo que sería la gestión edilicia del ingeniero Marenco, particularmente por su filiación al partido FSLN y por proclamarse “orteguista”, es justo reconocer que el alto puntaje que le han otorgado los managuas está bien merecido.

Parece ser que Nicho Marenco es de los poquísimos sandinistas orteguistas, quizá hasta el momento el único que se ha hecho visible, que tomaron nota de los garrafales errores cometidos en los años ochenta y han aprovechado esta nueva oportunidad de llegar al poder para enmendar los abusos y tropelías cometidas antaño y demostrar que si se quiere, el ser humano es capaz de cambiar, de transformarse, de evolucionar; del primitivismo y de la intolerancia… a estadios más humanistas y altruistas. Obviamente este tipo de procesos de “crecimiento” es un privilegio de las mentes inteligentes, no puede ocurrir en aquellas mentes obtusas que permanecen atrapadas en el fanatismo y la insensatez; por lo cual abrigo pocas esperanzas de que el ejemplo de Marenco se generalice entre sus correligionarios.

Independientemente del trastorno político que pueda estar ocasionando dentro del partido FSLN, la actitud de Marenco, hay que destacar que está haciendo lo correcto al no anteponer sus compromisos personales a los deberes que adquirió al asumir el puesto de Alcalde de Managua, donde debe de responder a cada ciudadano y de igual forma, sin privilegios por afinidades partidarias. Cuando se asume un puesto público se debe de guardar la bandera del partido y trabajar únicamente para y por la bandera azul y blanco de la Patria. Hacer lo contrario es propio de los ineptos y serviles.

Para hacer honor a la verdad y aclarando que de sandinista tengo lo que el Lago de Managua tiene de cristalino, me sumo al porcentaje de managuas que califican positivamente la gestión del alcalde Marenco; quien no solamente ha hecho obras estructurales como el paso a desnivel en la Centroamérica y la pila de retención de basura para la Laguna de Tiscapa, entre otros, sino también obras sociales como la alfabetización de los empleados de la Alcaldía de Managua y la entrega de títulos de propiedad en los asentamientos. Por otra parte ha puesto en marcha ingeniosos concursos con el objetivo de limpiar la ciudad, que además de crear conciencia sobre el problema de la basura, han estimulado el sentido de solidaridad, trabajo en equipo y espíritu de competitividad entre los habitantes de los barrios. Sin olvidar el tema de la reforestación, que es vital para evitar futuros y catastróficos aluviones en Managua.

Sin embargo hay algo que considero reprochable en la administración del alcalde Marenco y es la decisión de erigir un monumento a Rigoberto López Pérez, quien para unos es un héroe pero para otros un asesino. Pienso que no es saludable ni conveniente, en una sociedad donde se busca la paz, exaltar ningún asesinato, secuestro o acto terrorista. En la Nicaragua democrática de hoy, no caben ni son justificables este tipo de acciones inhumanas y cobardes. La protesta cívica, el diálogo, la reflexión y el consenso basado en la búsqueda del bien común y enmarcado dentro de una visión de nación, deben de ser los medios que utilice la ciudadanía nicaragüense para resolver sus problemas.

En conclusión, Nicho Marenco será recordado como un Alcalde capaz y responsable y como un político valiente, pues sin abdicar a su ideología sandinista y sabiendo las trágicas represalias a las cuales se expone después de ser catalogado por Rosario Murillo como un traidor, ha reconocido públicamente los abusos y arbitrariedades que ha cometido este gobierno, en detrimento de la institucionalidad democrática que rige al país desde hace 17 años y que tanto sacrificio y esfuerzo le ha costado alcanzar a la sociedad nicaragüense.

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