A mí también me habría gustado que Ricardo Mayorga fuera un caballero. Que se expresara con respeto hacia sus oponentes y familiares, que fuera un ejemplo en disciplina, en entrega a sus entrenamientos y en responsabilidad ante los compromisos que asume.
Pero no lo es... Mayorga es crudo en el verbo, irreflexivo en sus actitudes y con dificultades para administrar sus bienes, al extremo que aún tiene que honrar deudas para poder reingresar al país.
Pero sobre todo, Mayorga es producto de él mismo, de su propio esfuerzo. Y se ha insertado en la esfera del boxeo mundial, por sus virtudes y con sus defectos.
Ahora es fácil legislar sobre la vida de Mayorga. Le decimos que es un vulgar, un degenerado y que nos mete en vergüenza cada vez que abre la boca. Y además le indicamos cómo nos gustaría que fuera.
¿Pero cuál ha sido nuestro aporte para que haya alcanzado el nivel que ocupa en el boxeo? Ninguno. Está ahí porque ha trabajado para eso, o porque su talento se lo ha permitido.
De ninguna manera voy a justificar su procacidad, pero deberíamos de dejar de buscar en Mayorga a otro Alexis Argüello, porque no lo es. Él es Mayorga, con sus atributos y sus carencias.
Mientras Mayorga no atropelle el derecho de los otros, honre sus compromisos y respete las leyes, no veo por qué habría que crucificarlo. Cada quien es libre de apreciarlo, o detestarlo, de sentirse representado o avergonzado por él.
Si somos capaces de sobrevivir a diario a conductores irresponsables, a políticos que no les importa el país y a un sistema que no hace felices a los pobres, ¿por qué no somos capaces de tolerar a Mayorga?
Aún con sus locuras, sus vulgaridades y groserías, este tipo fue capaz de emocionarnos el viernes, y eso no nos pasa tan a menudo en este país, donde las preocupaciones le están robando espacio a las ilusiones.