/
Los Golpes de la naturaleza
Andrés Piedragil Gálvez Ciudad de México

La madre naturaleza regala, pero también castiga a Latinoamérica. Las empresas de seguros no dejan de aprender esta lección

Humberto Salazar regresó hace poco a la caótica y contaminada Ciudad de México. Ahí lee la información sobre el reciente paso del huracán Dean, que durante su travesía por la Península de Yucatán —en la frontera con Centroamérica— causó daños por más de US$180 millones. Las noticias le recuerdan algo: hace dos años el huracán Wilma lo expulsó del paraíso donde pretendía pasar el resto de su vida: Cancún, la joya de la Riviera Maya. Su pequeña empresa, que prestaba servicios de limpieza y fumigación a hoteles del área, debió cerrar sus operaciones, liquidando sus sueños caribeños.

Y es que la naturaleza ha querido que América Latina sea un escenario especial para violentos tornados, inundaciones y terremotos. Según cifras de la Organización de Estados Americanos (OEA), entre 1996 y 2005, de 6,417 desastres globales, 1,262 afectaron directamente a la región.

El problema es que los latinoamericanos no son muy asiduos a los seguros. Estadísticas de la aseguradora española Mapfre señalan que la región destina 0.9 por ciento del Producto Interno Bruto a seguros de vida y 1.4 por ciento a pólizas de no vida, lejos de los respectivos 4.4 y 3 por ciento, respectivamente, que figuran en el promedio mundial.

Según la Comisión Nacional de Seguros y Fianzas de México (CNSF) —uno de los países más acostumbrados a este tipo de desastres—, el 42 por ciento de las pólizas del mercado de seguros (que en 2007 manejará primas por US$16,300 millones) corresponde a vida y pensiones, el 24.5 por ciento a autos, el 17.2 por ciento a accidentes y enfermedades, y sólo el 16.3 por ciento a daños.

En el país, proteger un hogar o empresa implica contratar, en la práctica, dos pólizas: la de un seguro que incluya primas por riesgos catastróficos —incendios, huracanes o sismos— y una cobertura para pérdidas financieras, renta, caída en ventas o suspensión de sueldos (primas consecuenciales).

Un asunto que dispara los precios y que no tiene un costo promedio definido. “Son coberturas complejas, que pasan por negociaciones específicas entre asegurador y cliente, y cuyo costo depende de factores muy particulares”, afirma Gianco Abundis, director general de Consultoría y Estadística Actuarial y experto en temas del ámbito asegurador.

El fenómeno tiene un motivo claro: los altos costos de los desastres naturales. El huracán Dean, de agosto, causó daños —según la reaseguradora alemana Munich Re— por entre US$1,000 millones y US$2,000 millones por su paso por República Dominicana, Jamaica y otras islas del Caribe. Lejos de la devastación de Katrina en Centroamérica: daños por US$50,000 millones, según la misma compañía, que metieron en dificultades a las aseguradoras.

En 2005, Wilma generó pérdidas por más de US$8,000 millones en la Península de Yucatán, en México, donde están los principales destinos turísticos de la Riviera Maya. Y el terremoto que azotó a Perú y el 15 de agosto dejó daños que exigirán 18 meses de reconstrucción y una inversión de US$200 millones. Además de 500 muertos, 85,000 familias damnificadas, más de 300 personas desaparecidas, 52,200 viviendas destruidas, 23,600 espacios habitacionales severamente afectados.

APRENDER “POR LAS MALAS”

Para las aseguradoras, la situación tampoco es sencilla. Los costos de mantener cerrada la empresa del cliente pueden superar los del daño físico. Durante el paso de Wilma por México, compañías de seguros como Zurich y Royal & SunAlliance debieron hacerse cargo de negocios turísticos cuyas “primas consecuenciales” triplicaban el monto que representaba el daño directo.

A partir de esa lección, las aseguradoras optaron por vivir tranquilas. En las zonas mexicanas de alto riesgo de huracán, inundación o terremoto optaron por sólo ofrecer coberturas ante sucesos catastróficos y aumentar el monto de las “primas consecuenciales” por sobre el 35 por ciento. En zonas con riesgo alto, como el sureste, incluso lo hicieron por sobre el 1,000 por ciento. “Las empresas inflaron el costo de estas primas para desincentivar su venta”, dice un vocero de la Asociación Mexicana de Instituciones de Seguros (AMIS) que prefirió no ser identificado.

Otro factor que desalienta la contratación de pólizas ante desastres es el hecho de que la gran mayoría de los mexicanos considera que el Gobierno debe asumir las tareas y los costos de reconstrucción en una catástrofe natural. Luciano Devars, director técnico del área de Seguros del banco BBVA Bancomer, reconoce que el Estado debe proteger a las poblaciones vulnerables, pero considera que se ha generado un exceso de paternalismo que se traduce en un limitado interés en cuidar un patrimonio que el Estado, se cree, tiene la obligación de restituir ante un desastre natural.

SINIESTROS MÁS BARATOS

En casos como el de Perú, sin embargo, la baja penetración de los seguros ha beneficiado a las aseguradoras. A pesar de los daños, la poca industrialización de la zona afectada —más orientada a la agricultura y el turismo— ha permitido a la española Mapfre afirmar que el siniestro representará, cuando mucho, US$5 millones para la empresa, de un total de US$40 millones para el sector asegurador.

La oficina de la firma en Perú ha señalado que posee una “pequeña porción en riesgo”, la cual está aprovisionada al ciento por ciento y sólo un por ciento de las primas que tiene en la zona de catástrofe será afectada.

En la protección de residencia particular, las empresas están descubriendo un mercado mexicano más interesado. Huracanes como Dean y Wilma y terremotos como el de 1985 (que dañó sobre todo a Ciudad de México) han contribuido a generar conciencia, pero aún no son utilizados a plenitud por los consumidores potenciales. “Hay una actitud de ¿qué puedo asegurar con US$500 al mes? Sin hacer un análisis puntual del patrimonio, de las prioridades”, dice Devars.

El futuro, no obstante, traerá un mayor interés en las pólizas que cubran daños por fenómenos meteorológicos. Situaciones como el calentamiento global podrían tener un impacto fuerte en este sector, algo que muchas aseguradoras ya toman en cuenta. “Con un calentamiento global de seis grados se podrían generar pérdidas por US$2,000 millones al año en el mundo”, comentó en una entrevista reciente Horst Agata, director de GenRe México, una reaseguradora con operaciones en todo el mundo.

Y si la promesa se cumple, habría una reestructuración profunda de la forma en que se organizan las pólizas, ya que el sitio donde no llueve empezaría a sufrir inundaciones, los huracanes serían más poderosos y los tornados se formarían en lugares inimaginables.

Será difícil, a la hora de plantear las coberturas de un seguro ante desastres, definir qué es verdaderamente alto y bajo riesgo. Un golpe inesperado de la naturaleza —como una nevada— podría alcanzar a Humberto Salazar en plena Ciudad de México.

Más información en www.laprensa.com.ni >>
© LA PRENSA 2005 - Todos los Derechos Reservados