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Hestia y la santidad del hogar
Luis Sánchez Sancho
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Doris Lessing, la escritora británica de 88 años que obtuvo este año el premio Nobel de Literatura, aseguró en una entrevista que concedió al periódico El País, de España, que “estamos al final de la vida familiar tal como la conocíamos”.

Lessing habla de Inglaterra, pero su reflexión se puede universalizar, puesto que su opinión acerca de “el fin de la vida familiar tal como la conocíamos”, se refiere al cambio de costumbres que introdujo la televisión a los hogares, así como a la incorporación masiva de las mujeres a la actividad laboral fuera de casa.

Pero el hogar es una institución tan antigua como indispensable para la existencia de la gente y sólo podría desaparecer si desaparece el género humano. Se modifica y adapta a las nuevas exigencias de la vida, como en efecto ha cambiado y se ha adaptado conforme el paso del tiempo, pero no puede desaparecer. En fin…

Al respecto vale la pena recordar que para los antiguos griegos —lo mismo que para los romanos y en general para los pueblos y culturas de todo el mundo—, el hogar era el lugar sagrado por excelencia, tanto o más que los templos que fueron creados específicamente para rendir culto a los dioses. O mejor dicho, cada hogar era un templo.

En realidad, el hogar era para ellos el primero de todos los templos o lugares sagrados. Y en el caso de los griegos la diosa del hogar era Hestia, cuyo equivalente entre los romanos era Vesta.

Hestia fue la primera hija de Cronos (Saturno) y Rea (Cibeles). Igual que todos sus hermanos, Hestia fue devorada por su padre en cumplimiento del pacto por el poder que Cronos hizo con su hermano Titán. Sin embargo Hestia fue vomitada por Cronos después que Metis (la Astucia), le dio a tomar un brebaje que lo hizo vomitar todos los hijos que había tragado.

Hestia juró que se conservaría virgen para no tener hijos que corrieran el riesgo de sufrir a manos de su padre, la misma desgracia u otra parecida a la que ella y sus hermanos sufrieron por el pacto entre su padre y tío. Y se consagró a proteger el hogar, que era —y es— el lugar de convivencia y unión familiar, donde originalmente las familias se reunían y mantenía reunidas alrededor del fuego vital.

En el excelente libro Enciclopedia de Mitología Universal escrito por expertos británicos en mitología, traducido al español en Barcelona pero curiosamente impreso en Indonesia —cosas de la globalización— que me obsequió el amigo Norman Caldera cuando era Canciller de la República, se dice respecto a Hestia:

“Cada casa (de los antiguos griegos) tenía un hogar y estaba protegido por la diosa Hestia, que aparece en muchos relatos mitológicos y tenía una importancia como garante de la estabilidad y la prosperidad domésticas. Pocos días después del nacimiento de una criatura, se celebraba una ceremonia para imponerle un nombre y situarlo bajo la protección de Hestia. El lo implicaba correr con el niño en torno al hogar, por lo que recibía el nombre de amphidromia (“correr en torno a algo”).

Hestia protegía la fidelidad de la mujer a su esposo, de la cual dimanaba la felicidad del hogar y de la familia. Aparte de que cada hogar era un templo de Hestia, también se le construyeron grandes templos externos y los principales estaban en Atenas, Delfos y Hermione.

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