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Noticias >> Opinión
El recurso de la grabadora
Joaquín Absalón Pastora
El autor es periodista
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Para ser periodista ahora—en muchos de los casos— basta con llenar este requisito: comprar una grabadora “en abonos suaves” Algunos de los graduados con el diploma invisible de esta modalidad la ocultan en el bolsillo para sacarle el mejor provecho incurriendo en el “grabadorazo” cuando se la ponen al entrevistado para que sus palabras no salgan publicadas en vista de que el preguntador no tiene el medio y sólo el artefacto para dejar la sensación de que es periodista.

Algunos llevan un membrete y facturas fabricadas en algún taller alquilado como complemento para la agilización del trámite y hasta constancias falsas de ser directores de algún programa o noticiero. El portador no suelta palabras porque es incapaz de hilvanarlas con menor probabilidad de estar embebido en la temática coyuntural. Viendo fríamente cómo cuaja el espectáculo de su asalto, confundido entre los verdaderos periodistas, calificados por su estudio y experiencia, pone el remedo en medio de una montaña desesperada de interrogaciones.

La grabadora es la credencial, el facsímil del oportunista a quien en el lenguaje poco amable del “humor crudo” se le conoce como “papa frita”. Lo típico es que el asaltado no sepa a quién responder ante el diluvio oral. Lo vocean, lo irrespetan y hasta hacen las veces del gendarme lenguaraz. “Peras al olmo tampoco”. Carecen de cultura. La función desempeñada es lesiva para el prestigio del auténtico periodismo radial.

La estrategia es común y no por haber sido complacido la primera vez “bota la gorra”, insiste. Y si el personaje escogido no cae, le llueve el fuego en forma de injurias o de majaderías calumniosas para lo cual sí son hábiles.

Valga reconocer la efectividad de estos instrumentos modernos y de otros mucho más ventajosos. Sin embargo cabe señalar la dependencia extrema en que se incurre cuando se abusa de su capacidad de duplicar intacto todo lo que captan. El comunicador se vuelve impecablemente reproductivo. Poco uso hace de su intelecto. Desprendido del alma en la solapa, del lápiz y del papel, se vuelve frío y cajonero, no anota para colindar con el trabajo creativo en la forma sino que copia textualmente todo el contenido no poniendo nada de su imaginación.

Si José Coronel Urtecho viviese y comprobara el deterioro lingüístico actual en la radio y la televisión, presumiría de ser profeta en aquellas sutiles advertencias que hacía con amena causticidad y estaría preguntándose “donde está el relevo” de las anteriores generaciones entre los jóvenes principalmente en el campo de la palabra dicha. El periodismo intelectualizado se ufanaba de ser sólido en sus tiempos de vida en la cual fue siempre un fisgón irreductible sin la barata recurrencia de la ponzoña.

De la necesidad de elevar el nivel académico se habla a menudo. Estupendo. Pero hay también el reconocimiento a la excelencia promovido por la Fundación Violeta Barrios de Chamorro. El incentivo cuando es bien dado fortalece los ánimos de la superación. Pediría sólo que se haga una excepción o se escriba un acápite aparte en el sentido de que el periodismo radial sea también beneficiario de estos honrosos distintivos. No todo es gris en sus paisajes y algo de bueno tiene que existir en su conformación para que amerite el cupo ausente

Resulta injusta la competencia desleal entre el egresado universitario, buen regente de la tecnología moderna y entre el que se desenvuelve con sólo poner a funcionar el motor emblemático.

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