Querida Nicaragua: Cuando se sueltan los demonios de la ambición y se desatan las pasiones y la mala levadura que llevamos dentro, sobre todo en el manejo de la administración pública, comienzan a estar en grave peligro las instituciones que mal que bien han funcionado por años. “En el hombre existe mala levadura”, dice nuestro Rubén Darío. Y es cierto. En cualquier momento se sueltan los demonios de la avaricia, la envidia, la codicia, la ambición desmedida y caemos víctimas de nuestras propias pasiones desenfrenadas.
En la sufrida patria nuestra nunca hemos dejado de padecer ese tipo de situaciones que han gravitado alrededor de nuestros políticos. Al llegar al poder casi todos caen víctimas de las tentaciones.
No somos sólo nosotros. Así somos los mestizos hispanoamericanos con ligeras excepciones como la de Costa Rica, donde parece que hubo otro tipo de mestizaje, un cruce diferente que produjo una sociedad más civilista, más dialogante, menos guerrera, más conciliadora.
Aquí hemos sufrido todo género de políticos en los gobiernos. Al principio prometen todo, pero luego se transforman, comienzan a salir los diablillos de las ambiciones. La primera de ellas es buscar cómo seguir en el poder “sólo por esta vez”, con la intención de encontrar en los próximos años cualquier pretexto para quedarse una vez más.
Aquí estamos en discusiones bizantinas para encontrar el tipo de Gobierno que más nos conviene, el que tenemos o uno parlamentarista. Pareciera que tenemos muy poco qué hacer y en lugar de preocuparnos por impulsar un programa serio de educación, por ejemplo, (no una jugarreta propagandística para proclamar que somos “territorio libre de analfabetismo”), nos dedicamos a discutir haciéndole el juego al continuismo.
Nicaragua necesita enfrentar con seriedad el problema de la educación, educar integralmente a los niños, enseñarles orden, amor al trabajo, responsabilidad, puntualidad, disciplina, higiene personal y ambiental, moral y trato social. Es la educación la que nos hará salir de la postración fatal en que vivimos y de la pobreza extrema que padecemos. En esto deberíamos ocuparnos y no perder el tiempo en referéndums y plebiscitos.
Los diputados no deberían caer en esta trampa, ya que las consultas tienen un costo muy elevado y se corre el riesgo de las zancadillas y los trucos electoreros que suelen usar los partidos más poderosos. Es una grave falta de sensibilidad social estar ocupándose de futilezas mientras el pueblo sufre enormes alzas en la canasta básica. Todo para satisfacer ambiciones políticas de quienes, llegando al poder no quieren dejarlo.
Nuestro sistema democrático está probado como bueno en la mayoría de países civilizados del mundo. Las fallas no son del sistema sino de los hombres que lo manejan. Hay que cambiar a los hombres no al sistema de gobierno presidencialista que hemos tenido desde mediados del siglo XIX.
Y las fallas no son sólo de los hombres del Gobierno. Son también de los opositores demócratas. Tenemos fragmentados a nuestros partidos democráticos y en lugar de unirnos cada día hacemos surgir un nuevo grupo.
Cada fragmento de partido debería escoger a tres de sus mejores hombres y juntar una docena o más de ellos para hacer una sola unión opositora para luchar en contra del continuismo y a favor de la democracia. Hay que escoger a los mejores hombres. El problema es que todos quieren ser los primeros. Hay que tener madurez, patriotismo, humildad para saber escoger al que sea mejor. Debemos hacerlo por el bien de todos.