En las elecciones pasadas la fuerza política se bifurcó en dos direcciones opuestas: el sandinismo con el 38 por ciento de los votos y las llamadas fuerzas democráticas con el 62 por ciento.
La encuesta de primeros de octubre de Cid-Gallup, ofrece un espectro bien definido de la composición de estas dos fuerzas antagónicas. Como primera fuerza —gracias al pacto— el FSLN con 35 por ciento; la segunda fuerza los “sin partido” con 34 por ciento; la ALN con 15 por ciento y el PLC con 14 por ciento. Aunque los liberales arnoldistas afirman que no creen en las encuestas, estos resultados de Cid-Gallup los ha alarmado. Ellos perciben que el arnoldismo se consume y el que llegue a inspirar confianza en ese 34 por ciento de los “sin partido”, se convertirá en el líder indiscutido de una oposición unificada.
La encuesta ha derrumbado el mito más acariciado del liberalismo: la pretendida mayoría liberal, sostenida a contrapelo por la larga dictadura somocista. No pocos liberales sinceros que se habían refugiado en el mito, dudan, desconfían y alientan una nueva esperanza.
La encuesta también revela una realidad más en el liberalismo atrapado por el pacto, que entre las dos figuras liberales más destacadas, Montealegre se impone con un 57 por ciento a un Alemán debilitado en su propio fango pactista con un diminuto 13 por ciento. Una diferencia de 44 puntos porcentuales. Es explicable que Alemán no crea en elecciones y busque con afán, a través del pacto, una elección vitalicia de dedo.
Por debajo de estos escamoteos políticos, subyace una creciente desconfianza en la opinión pública; pero a la vez una esperanza de superar la crisis provocada por los abusos del Estado-Pacto, que ahora amaga hacia la disolución de una tradición política cimentada en el presidencialismo, para imponer un inseguro y amenazante régimen parlamentarista.
En momento de crisis como este, afirman los historiadores, siempre surge alguna idea, que al convertirse en deseo popular ampliamente compartido, adquiere la solidez de un objetivo por alcanzar. Nace allí un nuevo espíritu que moviliza a la sociedad con un grito de liberación que se convierte en fuerza vencedora.
Ese espíritu, esa fuerza, es Pío VII, que prisionero de Napoleón, derrota las amenazas del Corzo con una sola palabra: ¡Comediante! Es Mahatma Gandi, cien veces encarcelado hasta arrancarle al poderoso Imperio Británico la independencia de su patria. Es Nelson Mandela, que desde la cárcel derrotó al Apartheid; y desde el poder obtuvo el compromiso de blancos y negros por una paz permanente, el respeto mutuo y la unidad nacional de Sudáfrica.
Es también el espíritu y la fuerza vencedora que alentó a la juventud y pueblo nicaragüense para derrotar en lucha desigual a la dictadura hereditaria de los Somoza. Ese espíritu, esa voluntad popular, fue traicionada por los que al momento del triunfo sobre la tiranía, adoptaron los mismos vicios y procedimientos de la dictadura derrotada.
Una vez más la historia nos otorga una oportunidad para el alumbramiento de un nuevo espíritu, de esa fuerza vencedora, para derribar los obstáculos y que el pueblo sea dueño de su propio destino; y que sus ideas y deseos se materialicen en un programa impulsado por todos sin exclusiones, para abandonar el pasado de sometimiento, atraso y corrupción y entrar en un presente que sea puerta abierta hacia un futuro propiciatorio de cambios, que garanticen los derechos que el pueblo reclama.
Los que gustan del freno, que lo tasquen placenteramente en los establos de sus amos; porque nada justifica que conspiren contra la libertad de los nicaragüenses para imponerles una nueva dictadura que perpetúe la corrupción, la injusticia y la pobreza.