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Un Dios de vivos, no de muertos
Neguib Kalil EslaquitSacerdote católico

En el Evangelio de hoy (Lucas, 20, 27-38) se acerca un grupo de Saduceos, quienes no creían en la resurrección y quieren poner en un dilema a Jesús. De manera irónica le preguntan sobre un caso de una mujer que había sido casada con varios hermanos sucesivamente y habían muerto todos. ¿De quién será ella esposa después de la resurrección? Con una inteligente respuesta Jesús resuelve de un plumazo el asunto: en la eternidad seremos como ángeles y no necesitaremos de las condiciones biológicas a las cuales estamos sometidos en la vida terrena.

Pero lo interesante es el comentario final que hace al respecto remitiéndose a episodios del Libro del Génesis. Yahvé es el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob. Es un Dios de vivos, no de muertos.

Con estas palabras, el Señor asevera que Dios se compromete totalmente con la vida, cuando ama y crea.

Muchas veces andamos por este mundo como zombi, cadáveres ambulantes, deprimidos, sin esperanza, llenos de angustia y dolor en nuestro corazón. Para la Biblia, la vida verdadera no es la sobrevivencia biológica, sino la vida que comunica Dios, que significa progreso, esperanza en el futuro, trabajo comprometido por mejorar nuestras condiciones, prosperidad, alegría, y una sensación de plenitud que ninguna otra cosa nos puede ofrecer.

Jesús reinterpreta los dolores y tribulaciones de esta vida desde esta nueva perspectiva. Por eso le puedo decir a Pilatos: a mí nadie me puede quitar la vida, porque yo la ofrezco voluntariamente. Quien tiene al Dios de la vida en su corazón ha descubierto el sentido profundo de la existencia, inspirado en el ejemplo de Jesús y en la fuerza que le da el reconocer que El está resucitado en su corazón. Por eso vemos cómo, muchas personas, motivadas por estas palabras del Evangelio, a pesar de sus limitaciones se comprometen, día a día, para salir adelante, superar las deficiencias y convertirse en testigos de Jesucristo.

La resurrección comienza en este mundo. San Pablo dice que nosotros, morimos con Cristo en una muerte similar a la de él y resucitamos con él. Esto no es otra cosa que el cambio de vida que experimentamos cuando Jesús llega a nuestra existencia y lo aceptamos por la fe. El pecado se aleja, las cadenas del odio y de los vicios se rompen, el pesimismo se transforma en optimismo, y las fuerzas del mal huyen despavoridas.

Hoy vivimos en una cultura saducea, preocupada únicamente de los bienes temporales y de una felicidad terrena, que concluye de manera trágica y absurda con nuestra muerte y terminamos viviendo el famoso eslogan romano: comamos y bebamos, que mañana moriremos. O podemos caer también en una actitud pasiva e igualmente equívoca al pensar que la felicidad inicia el día de nuestra muerte. La vida eterna consiste en conocer a Dios y al que Él ha enviado, dice el Evangelio de Juan.

Dios es un Dios de vivos, no de “vivianes”. El refrán popular: “el vivo vive del bobo y el bobo de su trabajo” manifiesta la actitud típica del insensato patrañero, que aunque llamándose seguidor de Cristo, realmente es un falto de fe, abusivo, falso, y al final un completo tonto, porque desaprovechando la oportunidad de amar y de ser amado, como lo enseña la Escritura, se dedica a adorar a dioses muertos, como el dinero o el poder.

Señor de la vida, con tu Poder, te suplicamos, resucita desde ahora todo aquello hermoso que consideramos muerto en nuestro corazón, para prepararnos al encuentro definitivo contigo.

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