Jesús dijo a sus discípulos: “El Reino de los Cielos está cerca. Sanen a los enfermos, resuciten los muertos, expulsen a los demonios”. Mt. 10.7-8.
En Mateo 10.13 Jesús dijo: “Cuando entren en una casa denles la paz y si no la reciben que la paz se vaya con ustedes”. Yo vine a este país actuando bajo este mismo mandato de Jesús a sus discípulos.
UN REGALO DE LA CREACIÓN
Para mí el Señor ha bendecido a Nicaragua de muchas maneras. La naturaleza de acá es un regalo al Señor. Durante mi travesía por este país he sentido que este país es una ofrenda a Dios con su vasta y variada vegetación, sus flores, sus frutos, sus lagos y volcanes; es como una canasta de ofrenda en la mesa del Señor.
Este país y su gente han llenado mi corazón por su sencillez y por sus diferentes demostraciones de amor. Cuando he visitado la casa de una familia, ya sea rica o pobre, me he sentido muy seguro. Nadie me ha hecho daño, aunque no me conocieran personalmente. Me he sentido con una gran libertad de detenerme en cualquier lugar, saludar y apretar las manos de la gente sencilla y preguntarles ¿“cómo están”?
El 14 de octubre de este año al llegar a Cuapa, como inicio de mi jornada en Nicaragua, fui junto al padre Oscar Chavarría, a la Capilla Antigua de la Iluminada a orar y pedir la bendición de la Virgen Santísima, sentimos todos los presentes un fuerte aroma a rosas. El padre Oscar me explicó que esta era una de las formas de manifestación en Cuapa y que con esto la Santísima Virgen me estaba dando la bienvenida y una gran alegría y paz inundó mi corazón.
Durante mi visita al Monasterio de las Hermanas Trapenses, en San Pedro de Lóvago, nos detuvimos un momento en la carretera para pedirle a un campesino que iba a caballo el permiso para poder tomarme una foto con él. Como respuesta me invitó a montarme al caballo, y por primera vez en mi vida lo hice. De esta experiencia guardaré esa foto y un recuerdo lindo de este país. Toda la gente me ha recibido con una linda sonrisa en todo momento.
Un día, al salirme del carro vi la casa de una familia muy pobre y les pedí permiso para tomarles unas fotos. Como respuesta recibí una invitación para entrar y platicar con ellos. Sentí que la gente de este país ama a los sacerdotes y a los religiosos. Para los nicaragüenses llevar a los representantes de la Iglesia a sus casas es una gran bendición.
LINDA NICARAGUA
De todos los países que he visitado, este país tan lleno de volcanes me parece particularmente lindo. Para vivir cerca de los volcanes se necesita mucho valor por el continuo peligro al que se está expuesto. Los nicaragüenses al vivir tan cerca de los volcanes han aprendido a familiarizarse con ellos, a entenderlos, a conocer sus palpitaciones, sus furias, sus enojos y caprichos. No es fácil vivir en un terreno y en un país así. Yo creo que se refleja en el sufrimiento de la gente acá. Con el poco tiempo que he estado, he aprendido a amar a esta gente. De todos ellos, sin importar su condición económica y posición social, he recibido palabras de bienvenida, de aprecio y cariño. Cuando ellos se me acercan para tocarlos revelan su actitud de valor. Yo les agradezco la libertad que sienten de venir a mí y permitirme tocarlos en el nombre del Señor. Anteriormente nunca había tocado tanta gente en una celebración.
El Señor ha sanado a tanta gente en este país en una forma increíble. Esto es un reflejo vivo de la fe simple de este pueblo. Esto me recuerda la mujer con la hemorragia que se acercó a Jesús, que lo tocó y se sanó. Es este amor y fe ardientes lo que veo en este país cuando vienen a tocar el altar y ser sanados. Ellos comprenden que no es Thomas Mathew el que hace las sanaciones. Comprenden que es Jesús el que los sana y a Él buscan.
UNA MADRE Y SU NIÑO EN LA CARRETERA
En mi viaje de Managua a Cuapa, el 4 de noviembre por la mañana, sucedió algo que me impresionó grandemente. De repente en el camino polvoso vimos sentada a una linda muchacha campesina con un niño en sus brazos, con la esperanza que alguien les diera un aventón. Yo sentí que ella esperaba que alguien le llevara a Cuapa y le pedí gentilmente detenerse a Cristóbal. Lorena, quien me acompañaba, se bajó del carro e invitó a la joven a acompañarnos al Santuario.
Cuando íbamos en el vehículo la madre me dijo que habían pasado muchos carros y que ninguno quiso llevarla. A mí me conmovió que todos iban al encuentro con Dios y se olvidaron que Él está en el necesitado.
Yo quería llevarla al Santuario para que compartiera su experiencia con la gente en el Santuario, pero ella me dijo que necesitaba dar de comer al niño porque no había traído dinero. Al oír esto decidí llevarla donde el padre Oscar a la casa cural para que le dieran algo de comer al niño. Pero cuando la buscamos ya no estaba. Había desaparecido. La vivencia con esta joven me recordó lo que María y Jesús vivieron al pasar desapercibidos por la gente. Sentirse no acogidos y sin ayuda como en Belén y Egipto. Al mismo tiempo recordé aquellas palabras de Jesús que decían: “No hagas a otro lo que no quieras que te hagan a ti”. Cuapa para mí es un lugar escogido por Dios para vivir la solidaridad y presencia viva de Él en los otros. Quiero agradecer a mi Iglesia con sus pastores, monseñor Brenes, monseñor Sándigo, monseñor Hombach; y a todos los sacerdotes, parroquias y hogares, que me acogieron y apoyaron durante mi peregrinación en Nicaragua y al pueblo creyente por su cariño. Agradezco también a los medios de comunicación por la cobertura especial brindada a esta misión en Nicaragua y estoy seguro que Jesús y la Virgen de Cuapa han transformado la vida y las familias de todos aquellos que han participado en esta jornada y recibimos la bendición del Señor en nuestra Iglesia católica.
Que el Señor los bendiga.