Trac, trac, trac, trac… El sonido seco de la camilla metálica es el de la muerte. El camillero es su heraldo. Hombre y camilla avanzan por aquel pasillo infinito, verde, con puertas a ambos lados. Se detienen a mitad. El cuerpo tiembla. Las manos sudan helado y la saliva se atora en la garganta. Pero camillero y camilla renuevan el movimiento. Esta vez no entran a la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI). Esta vez no es uno de los familiares enfermos de aquellos que esperan nerviosos en ese pasillo verde, infinito. Esta vez vuelven a respirar tranquilos. Esta vez son otros los que lloran. El reloj electrónico de la UCI cuenta los minutos más largos. Dos semanas en la UCI. Dos semanas interminables. Dos semanas en las que perfectos desconocidos se han compenetrado como si fueran familiares. Respaldándose, dándose ánimos, preguntándose por sus enfermos. Las hijas de don Ricardo tienen ya dos meses de estar esperando en el pasillo verde. Son de Estelí. Su padre fue atacado por una rara bacteria que debilita el sistema nervioso hasta acabar con sus víctimas. Sólo se reportan seis casos por año, le han explicado los médicos a las hijas de don Ricardo. Una macabra lotería que a este señor alto, regordete, de unos setenta años, le ha tocado soportar por dos meses. Ahí está, conectado a una máquina para respirar a través de un tubo que sale de su garganta. Con los brazos y las manos perforadas por agujas. Inmóvil. Esperando su destino en la UCI.
Su cama está frente a la de una paciente nueva. Es una mujer de 57 años, baja de estatura, blanca, ojos azules ahora cerrados herméticamente. Ella también está conectada a una máquina para respirar, e igual que don Ricardo sus miembros están perforados. La piel hinchada. Sólo esos números verdes, grandes, reflejados por un pequeño monitor, dan cuenta de que ella aún respira. “Su diagnóstico es reservado. Esperen cualquier cosa”. Aquellas palabras pronunciadas por la doctora de turno fueron tan dolorosas como bofetadas para los familiares de la señora. “Los pacientes que están en esta UCI son los más graves del país”, continuó la tortura.
Nadie se queda dentro de la sala. Todos esperan afuera, en el pasillo verde. O en la zona de Emergencias. Las hijas de don Ricardo, por venir de un departamento, tienen un lugar en el albergue del hospital. Los quejidos, gritos y maldiciones son la banda sonora de Emergencias. Gente humilde que llega hasta este hospital y esperan horas para poder ser vistas por un médico interno, en su mayoría jóvenes que practican con la enfermedad de los demás. Por eso las hijas de don Ricardo esperan en los albergues. Es suficiente dolor estar en la UCI como para soportar otros lamentos, reflexionan.
A las tres de la tarde es la hora de la visita. Los familiares entran uno a uno. Se ponen una bata para, según las enfermeras, evitar contaminar la sala.
La UCI del Hospital Lenín Fonseca es un amplio cuarto verde, donde el frío y el miedo a la muerte muerden el cuerpo. Está lleno de máquinas que dan aire y vida artificial; está dividido en tres partes: la sala de los doctores, la de los enfermos –donde hay seis camas– y en la parte de atrás la de las enfermeras. El tic, tic, tic, de las máquinas es el único sonido del cuarto. Aquellos números rojos, del reloj electrónico de la pared, son como buitres que marcan el momento fatal de los pacientes. Las hijas de don Ricardo le hablan a su padre. Lo afeitan y le dan de beber agua por una pajilla. Ellas dicen que se regresan a Estelí esta semana. Vendrá un hermano a relevarlas.
Dos semanas después de haber ingresado a la UCI, la señora de los ojos azules ha despertado de su sueño de muerte. Ha vencido una deficiencia cardíaca, derrame cerebral y una neumonía. Una dura batalla, pero no la guerra.
La noche está lluviosa. Los familiares con pacientes en la UCI esperan en una dura banca de la sala de Emergencias, porque los vigilantes del centro han prohibido la estadía en el infinito pasillo verde. Ahí sólo queda un joven muy alto y muy flaco. Con barba a medio crecer y que se frota nervioso las manos. El rostro refleja tristeza. Es hijo de don Ricardo que vino a relevar a sus hermanas. Se queda en la puerta de la UCI porque ha sido llamado por uno de los doctores. Todos los familiares le miran con pesar. “¿Qué le habrá pasado a don Ricardo?”, se preguntan. La respuesta la da aquel trac, trac, trac seco y cruel de la camilla metálica.
Después de dos meses de lucha, don Ricardo murió. “Lo más triste de morir es que la vida sigue para los demás”, reflexiona alguien.
Esta noche la muerte entró en la UCI, sin consideraciones. A don Ricardo le siguieron otros dos pacientes más. Aquel trac, trac, trac, se repitió dos veces más en 24 horas hasta que la sala quedó con dos pacientes: la señora de los ojos azules y una chavala de 20 años que está aquí por preeclampsia. Y hasta ahora ellas se aferran a la vida. Son las victoriosas de la UCI. Dos semanas después de su ingreso, ambas salen a otras salas de recuperación. Y ellas salen y otros entran. Ellas salen y son otros los que se quedan sufriendo, con familiares nerviosos haciendo fila en aquel infinito pasillo verde, esperando que nunca se detenga frente a ellos la helada camilla metálica. La señora de los ojos azules se recupera lentamente, fuera de la UCI. Sigue viva. Se soltó de las garras de la muerte. Y yo respiro tranquilo porque es mi madre.