El Maestro del Derecho es maestro de libros y leyes sagradas, de códigos blancos, tribunales y cortes. Unas veces puros, otras veces profanados. Pero sobre todo tiene la idea real del bien. Se conduce como un ferrocarril de vías rectas, no le teme al crimen organizado. Nunca se acobarda, ni ante las mentiras, ni ante las telarañas del mercado. Jamás lo han doblegado los procesos o juicios contaminados. Peor aún que se acobarde ante el precipicio de la muerte o a la curva de los billetes. No lo intimidan las parábolas de las balas, ni el mortal frío de las armas en la nuca. Es un maestro del valor y la verdad, su corazón tiene garantía de origen indígena y existencia de mezcla real, es de los raros, a como se lo imaginaba nuestro Rubén Darío.
Viajó desde hace muchisísimos años, desde Grecia, pasó por Roma, cruzó a Francia e Inglaterra, después bajó a España se embarcó a América, y en uno de esos pasos de esclavos, del Mar Caribe, ancló en Nicaragua. En eso reside para muchos su osadía y defecto. Es como un maestro antiguo y moderno a la vez, honesto, duro, cerebral, pero siempre justo, de corazón noble y ardiente. Siempre tiene un caso que defender, sea este azul, rojo, negro, verde, amarillo, anaranjado, o mezcla de todo, según el gusto de sus clientes, según las salas, según los tribunales. El pueblo lo busca, lo respeta, lo necesita, lo aprecia, pero muy raras veces lo encuentra. Camina erguido, con pasos orgullosos y firmes.
Lo más interesante es que vive con una dama ciega, una espada rota, una balanza sueca, un código y una serpiente bajo sus pies. Utiliza la brújula marina y una rosa de los vientos, que lo protege y acompaña. Los que lo conocen hablan que su boca es perfecta y que de su mente prodigiosa recita de memoria esos larguisísimos artículos de derecho. También cuentan que es aficionado a la colección de elefantes y al juego de ajedrez; estos, más la compañía de sus expedientes, son sus intocables e inseparables. Nos da un gran gusto didáctico de caminos cartesianos. Platón y la Biblia son sus guías, sus amistosos libros blancos. No confiesa que fue masónico, es su mejor secreto que lo guarda mejor que los del Vaticano. A mí no me consta, pero por su comportamiento pareciera que perteneciera a la Hermandad de la Fe, de la Rosa, al Santo Grial, a alguna organización legal divina, sin fines de lucro no satánica o a algunas de las barras de abogados de Nicaragua.
Nada lo inmuta, pero todo lo siente, desde las más difíciles carnicerías, las horrendas violaciones, el robo, el narcotráfico, los juicios, las casaciones y hasta las nefastas liberaciones. Después de librar muchos procesos, sus códigos son para él como un acertijo. Le traen mucha suerte; dicen que por eso en infinitas batallas libradas, sin más armas que la palabra, ha salido siempre airoso de esas terribles huestes negras del señor de los banquillos, a pesar del poder y dominio que tiene el señor de los banquillos. Para defenderse sólo usa sus pruebas, sus notas, el resultado de peritajes, sus códigos y el apoyo de algunos pasajes bíblicos salomónicos. Al final reflexiona: ¿Qué son las herencias de sus orígenes y pasado romano, anglosajón, napoleónico y español?
Cuenta que un antropólogo, sociólogo, historiador, brujo y abogado extranjero, berlinés, le explicó que su herencia de derecho y hecho son el resultado de mezclas multiculturales, multiintelectuales y hasta multirraciales; que se produjeron sólo en estas tierras por tantas migraciones, fenómenos naturales y guerras civiles y así surgieron esos tipos de códigos del derecho; que los hay de todos los colores y tamaños; que hace mucho tiempo sólo se encontraban en León pero que ahora están esparcidos por todo el territorio nacional e internacional. También le contó que se sospecha que Bin Laden se pudo haber robado dos códigos blancos antiterroristas que hizo Somoza, con dados cargados de Granada, exactamente de la Calle Atravesada. Que los va a utilizar para su defensa. Además le pidió que esto último no se lo contara a nadie, más porque teme que las autoridades, ahora que son pipes de la CIA, lo podían venir a capturar, interrogar o hasta hacer cualquier otra cosa, solamente por saber más de esas benditas leyes y códigos.
Lo más interesante es que nunca ha querido rendirse ni doblegarse, el alma, la ética, la dignidad, la moral, el orden, la ley, la justicia, el respeto, el amor, se los han alimentado los libros de derecho, son sus más preciados premios. Él sabe que códigos de derecho surgen por todo el mundo. Pero blancos, convertidos al negro sólo en Nicaragua. ¡Con mucha honra!