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La octava maravilla
Conrado Godoy
El autor es periodista
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Hace sólo unos meses se realizó a través de internet un polémico concurso, que por medio del voto cibernético y la vía telefónica permitió seleccionar las nuevas “siete maravillas mundiales”. El sondeo movilizó unos setenta millones de personas en todo el mundo, las que finalmente se decidieron por las siguientes: la Gran Muralla China, el Cristo Redentor de Río de Janeiro, Brasil; las ruinas de la ciudad de Petra, en Jordania; Las ruinas Incas de Machu Picchu, en Perú; el Coliseo de Roma, Italia; la antigua ciudad maya de Chichén Itzá, en México y el Taj Majal, en India.

Este resultado produjo, naturalmente, sentimientos de alegría en unos y de frustración en otros, pues mientras en México y Perú celebraban, en Francia, España y Grecia se resistían a creer que ni la Torre Eiffel, ni la Alhambra de Granada, ni la Acrópolis, respectivamente, no hubiesen sido consideradas maravillas mundiales. Pero hubo otras decepciones porque también quedaron fuera monumentos impresionantes como los templos de Angkor, en Camboya; la estatua de la Libertad en Estados Unidos; la Isla de Pascua, en Chile; el templo Kiyomizu en Japón; el Kremlim y la iglesia de San Basilio en Rusia; el edificio de la Ópera de Sydney, Australia y el hotel Burj-Al- Arab, en Dubai, estos últimos verdaderos milagros de la ingeniería moderna.

Como era de esperarse, el evento, que no tiene carácter oficial pues no fue reconocido por la UNESCO que expresó tener una “visión” diferente del patrimonio mundial a la de los organizadores privados, dio origen a numerosas críticas tanto de autoridades como de personas particulares, entre ellas la del Ministro de Cultura de Grecia, quien dijo que “los monumentos no están allí para desfilar como en un concurso de belleza”. Otros críticos destacaron el carácter “mediático” del evento organizado por el cineasta suizo Bernard Weber, a quien incluso se acusó de impulsar el proyecto New Seven Wonders, con ánimo partidista y con fines de lucro.

Weber respondió al señalamiento aclarando que el 50 por ciento de lo recaudado se destinará a la restauración del Buda gigante de Bamiyán, en Afganistán y el resto será empleado en otros proyectos como las Siete Maravillas de la Naturaleza.

Personalmente, sin menoscabo de lo maravilloso que son los monumentos escogidos, me inclino más por la concepción de la UNESCO, que ha inscrito en la lista del patrimonio mundial 851 lugares, situados en numerosos países de todos los continentes. Creo que la escogencia de sólo siete maravillas, aún en el caso de que la misma se haga con seriedad y transparencia, siempre dará lugar a inconformidad y suspicacia. Aquí en Nicaragua por ejemplo, la mayoría de la población —que gana salarios miserables con los que tiene que pagar los astronómicos precios de los productos de la “canasta básica”, las elevadas tarifas de luz y agua, no obstante el permanente racionamiento de ambos servicios, las medicinas cada vez más caras y además costear la educación de sus hijos— siente una gran frustración pues esperaba que los organizadores del concurso, tomando en cuenta el carácter épico de su lucha por la sobrevivencia, declarara al pueblo nicaragüense, la octava maravilla del mundo.

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