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Desgobierno: ¿estrategia o incapacidad?
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El desgobierno de Daniel Ortega está llevando a la población a su peor situación económica de los últimos quince años. Cuando Ortega asumió la Presidencia, en enero de este año, había problemas económicos pero no se sentía la desagradable inestabilidad e incertidumbre que hay ahora.

La gente se encuentra agobiada por el alza continua de precios de los productos de consumo diario, el combustible y la energía eléctrica. El Gobierno podría tomar medidas para aliviar la presión que todo esto ejerce sobre la población trabajadora, pero se queda quieto, irresoluto, prácticamente indiferente. Es cierto que el huracán Félix y las lluvias del mes pasado agravaron la situación de miles de nicaragüenses, pero el Gobierno ha recibido ayudas millonarias en efectivo y en especies que no usa con prontitud y eficiencia. La Comunidad Europea anunció esta semana una donación de 5 millones de euros, adicionales a otro millón que ya fue otorgado para ayudar a los damnificados del huracán Félix. Asimismo han enviado ayuda gobiernos en particular y otras organizaciones internacionales, como Naciones Unidas, pero la población de Bilwi tuvo que asaltar las bodegas donde inexplicablemente dormían el zinc, las frazadas y los enlatados. También hay disponibilidad de fondos subejecutados del Presupuesto General de la República y producto de la venta del petróleo venezolano, que podrían subsidiar el combustible del transporte de carga para que los alimentos básicos no suban de precio, pero Ortega usa ese dinero a discreción y no da cuentas a nadie.

En resumen, hay maneras de hacer frente a la crisis, pero Daniel Ortega no parece interesado en resolverla. ¿Por qué? ¿Por ineptitud o porque es parte de una estrategia de manipulación de la necesidad? Al parecer Daniel Ortega cree que un pueblo hambriento, enfermo, desempleado, empobrecido y agotado es más fácil de doblegar. Probablemente Ortega pretende comprar las convicciones y principios de los ciudadanos nicaragüenses por un plato de frijoles. O tal vez quiera llevar a la ciudadanía a tal punto de desesperación, que esté dispuesta a aceptar todas sus propuestas, incluyendo el cambio de sistema político y su permanencia indefinida en el poder.

Eso es lo que Hugo Chávez ha hecho y sigue haciendo en Venezuela. En la campaña presidencial que le llevó al poder por primera vez en 1999, Chávez fundamentó su discurso electoral en las ansias de cambio de una sociedad empobrecida y sublevada por los fracasos y la corrupción de los gobiernos anteriores, y obtuvo su respaldo. Pero una vez convertido en Presidente, lo que Chávez ha hecho es tomar medidas para garantizar su continuidad, mientras Venezuela sigue siendo una nación rica en petróleo pero también en pobreza.

Del mismo modo Daniel Ortega llegó a la Presidencia en medio de expectativas de cambios supuestamente a favor de la población. Sin embargo, como Chávez, todas sus iniciativas gubernamentales apuntan al único objetivo de asegurar su perpetuidad en el poder. Puesto que no logró una reforma constitucional para reelegirse, Ortega, con la complicidad de Arnoldo Alemán pretende cambiar el sistema político, de presidencialismo a parlamentarismo, para erigirse como Primer Ministro y seguir usufructuando el poder. Mientras tanto, el pueblo sigue padeciendo y Ortega cree que con estado de ánimo pesimista hay poca disposición de la gente para oponerse, protestar y reclamar.

Hay que fijarse en la experiencia de Venezuela donde los partidos democráticos se dividieron y se enfrentaron entre ellos mismos, mientras la mayoría de la población fue seducida por la demagogia de Chávez y la otra parte cayó en la apatía política y en el yoquepierdismo. Y ahora, cuando los venezolanos demócratas se han dado cuenta de los extremos de la dictadura que Hugo Chávez ha impuesto y quiere consolidar para siempre, la resistencia popular se hace más difícil y las protestas callejeras podrían desembocar en un baño de sangre.

En Nicaragua el apoyo a Ortega es minoritario y la oposición democrática no debe permitir que lleve al país a una situación como la que hay ahora en Venezuela. En la pasividad de las fuerzas democráticas toman forma los nuevos regímenes dictatoriales de América Latina. Aún es tiempo de impedir que Ortega imponga su nueva dictadura. La unidad de todos los demócratas y ante todo de los liberales que no se someten al pactismo de Alemán, puede contener y derrotar las malévolas pretensiones orteguistas.

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