Lo que volvió famosa a la Isla Lampedusa, enclavada en el Mediterráneo como parte del archipiélago Peruggia, no fue su paisaje ni mucho menos su historia. Lo que realmente la sacó del anonimato fue la obra El Gato Pardo, cuyo autor Giuseppe Tomassi se convirtió en una celebridad de la noche a la mañana. Lo curioso es que lo que hizo destacarle no fue el texto de la pequeña y mediocre novela del “gato pardo”, sino apenas una frase: “Todo debe cambiar para que todo siga igual”.
La afirmación se refería a la época cuando a mediados del siglo XIX, Garibaldi, aventurero y audaz, luchaba por unificar a Italia. Era el momento en que la vieja aristocracia se enfrentaba al cambio apoyada en sus decenas de principados y ducados débiles y dispersos, con la flamante idea de la unión italiana liderada por la emergente burguesía peninsular enriquecida por el comercio, cuyas dos fortalezas eran Génova y Venecia. Mientras la nobleza peninsular, socavada por las guerras napoleónicas, se esforzaba por mantener el estatus simbolizado por la dispersión de la soberanía y la intrigas palaciegas seguidoras de las prédicas oportunistas de Maquiavelo, la nueva clase deseaba seguir a Bismarck, cuyo ejemplo de unificar a Alemania convertía a su patria en la primera potencia europea, derrotado Napoleón III en Sedan. En todo caso el drama que provocaba el cambio había llegado a la pequeña Lampedusa. El genio de Giuseppe Tomassi fue captar las actitudes ambiguas y diversas que provocaba la desaparición de una clase y la súbita aparición de otra. Si era verdad que habían radicales en ambos extremos de la opinión pública, era evidente que una gran parte de la población prefería abstenerse de pronunciarse o al menos quedar bien con las dos partes por un tiempo. Y ese es el secreto del éxito de la famosa frase: “Todo debe cambiar para que todo quede igual”.
Quienes sostenían la esperanza de lo nuevo se sentían apoyados por la primera parte de la frase “todo tiene que cambiar”. Aquellos que se resistían se animaban con la segunda parte que advertía que al final “volvería lo viejo”. Este cuadro es común en los períodos revolucionarios. En Nicaragua, por ejemplo, la reforma agraria que dividió en pequeñas parcelas propiedades, que no eran extensas, fueron incorporadas en bloques a cooperativas. Pero los nuevos propietarios que no disponían ni de recursos ni de habilidades, terminaron por vender sus pequeños retazos de tierra. Al final los propios patrocinadores de la reforma agraria, o sea los comandantes, fueron poco a poco comprando los lotes adjudicados que no producían renta a sus nuevos dueños y en de esa manera reconstituyendo, una vez más, los latifundios, que posteriormente venderían confirmando aquello “que todo volvería a ser igual”.
Algo similar sucedió cuando las cofradías o “manos muertas” fueron tasajeadas por Zelaya. Como consecuencia los vencidos terratenientes adquirieron los lotes contiguos y armaron el latifundio. Una vez más Lampedusa tenía razón.