Los pactos de hoy no son mas que un retorno a esa ansiedad histórica de nuestros gobernantes a considerarse mesías y redentores de sus pueblos, desequilibrio para esconder y justificar su propia sed ilimitada de poder y vanagloria. Para ellos la manipulación de las necesidades de las gentes se convierte en mecanismo efectivo para conservar el poder; la creación de falsos enemigos foráneos (los americanos) es alimento a sus cansados discursos para distraer al pueblo ocultándole su ineficacia administrativa; el populismo creador de falsas esperanzas tales como el petróleo de Chávez no es más que huir de la responsabilidad de crear empleos y progreso con nuestro propio esfuerzo y trabajo. En fin, un escapismo de responsabilidades y negación de la realidad, todo ello para conservar el poder político a cualquier costo.
Se dice que quien no conoce la historia está condenado a vivirla dos veces. El fundador de la dinastía Somoza, acompañado de numerosos intelectuales, quienes navegando las creencias de esos tiempos, creyeron encontrar en la dictadura vitalicia la estabilidad y progreso de los pueblos. Así surgieron Mussolini, Hitler, Salazar, Franco en Europa, mientras que en Latinoamérica pululaban los dictadores tales como Trujillo, Pérez Jiménez y tantos otros. Después del asesinato del nuestro, nos quedó la dinastía que sobrevive por la capacidad de uno de los hijos, pero que termina en 1979 por la soberbia del otro. Ellos acuñaron en nuestra cultura criolla y beisbolera, la tristemente célebre frase: “Somoza forever”.
Somoza y Ortega, aunque distintos en su origen de poder, uno por el militarismo, el otro por una revolución frustrada, coinciden en sustituir la institución política por la familia, factor que ineludiblemente los lleva a la dinastía familiar, recurrente fenómeno político que nuevamente confrontamos, a quienes les ha costado y a los que no, a quienes gozaron de un momento de gloria y a los que sufrieron la derrota, en fin a todos.
Los Somoza sostuvieron su anacronismo político en base al desarrollo económico y al control militar, Ortega pretende sostener el suyo por medio del populismo, sustentado en la intervención económica de Chávez.
A Somoza, en sus postrimerías, Dios le abrió numerosas ventanas para salir de su embrollo político, pero pudo más la soberbia que nos llevó al desastre. La sola presencia de su hijo, el Chigüín, clásico fenómeno dinástico, contribuyó notablemente a imposibilitar su salida sin violencia. Hoy Ortega a quien como Presidente las circunstancias le han proporcionado excelentes oportunidades para gobernar, en donde las mayorías están sedientas de necesidades básicas y quieren que el amor y la paz estén por encima del odio y la guerra, se encuentra en la siguiente disyuntiva: continuismo en el poder por cualquier medio, disfrazado de reelección o remedo de parlamentarismo, o por otro lado romper definitivamente con la maldición de la dictadura que ha empobrecido históricamente a Nicaragua.
El presidente Ortega lleva un año escaso en el poder, cuando dobla, repica, a los ricos en privado les habla de una forma, a los desposeídos y desempleados en otra, dentro del país quiere ser Somoza, fuera del país Sandino. Este doble discurso más que como una perversión política es preferible verlo como indecisión, que permita buscar una solución nacional, para que este período presidencial sea productivo para todos y no camino seguro al desastre. En sus manos está este capítulo, en donde nuestras diferencias sean atemperadas institucionalmente por las necesidades y el amor entre nicaragüenses, y no por la trágica ilusión de un “Ortega forever”.