Aunque nuestro país es propenso a sufrir las más diversas catástrofes, el huracán Félix demostró que a pesar de los mecanismos creados, nuestra sociedad y especialmente los sectores y regiones más vulnerables siguen estando demasiado expuestas a los efectos de las catástrofes naturales. Todo ello a pesar de los esfuerzos nacionales y los avances tecnológicos que han hecho a los huracanes bastante “previsibles”, ventaja que sin embargo no pudimos aprovechar para limitar los efectos de Félix.
Félix es una tragedia irónica porque a pesar de ser anunciada llegó a materializarse, causando los estragos que ya conocemos y que quizás pudieron haberse minimizado. Instituciones, como el Centro Nacional de Huracanes, en EE.UU. e Ineter, indicaron continuamente la trayectoria y el impacto posible del fenómeno, calculado para la zona fronteriza entre Honduras y Nicaragua. Y si como bien explican los expertos, todo huracán no es un punto fijo, sino una masa en movimiento, más o menos violento, era fácil pensar que bien podría entrar o más hacia el sur, o más hacia el norte. Pero esta lógica preventiva falló o algo nos adormeció, o quizás fuimos víctimas del “síndrome mediático” que facilita la tecnología y nos convierte en simples observadores de un circo global de calamidades, tal y como parece haberle sucedido a la misma CNN que se aprestara para el “show” en un punto fijo de Honduras hacia adonde el huracán nunca se movió, perdiéndose el verdadero impacto de la noticia que tan afanosamente buscaban y que finalmente ocurrió en el Caribe Norte de Nicaragua.
Que la CNN haya errado es un hecho que debería preocupar a ellos. Lo preocupante para nosotros es que las autoridades nicaragüenses, quizás, y contra toda evidencia, hayan pensado que el huracán no ingresaría, con la categoría que fuese, por algún lugar de la Costa Caribe Norte, como efectiva y lamentablemente sucedió. Pues aún reconociendo nuestras limitaciones estructurales, de haber tenido las autoridades y la sociedad en general un sentido preventivo más arraigado, la información disponible pudo haber sido utilizada de forma más beneficiosa para todos. Quizás se habría podido salvar más vidas y bienes o al menos, informar oficial y oportunamente a la población en peligro, previendo en lo posible la tragedia en ciernes. En lo personal me pareció más prudente el hecho de que el Gobierno de Honduras, país que no fuera afectado gravemente por el huracán, reaccionara alertado organizando conferencias de prensa y declarando la emergencia oficial con mayor anticipación que el nuestro, en una muestra clara de sentido de la prevención.
Opino que después de tantos desastres sufridos ya deberíamos haber convertido la prevención en un principio básico orientador de la vida de todos los nicaragüenses. Es más, por la trascendencia que tendría para el desarrollo del país y la urgencia de modificar una insoportable actitud de pasividad general frente a los retos y problemas nacionales, una cultura de prevención que permita, por un lado, transformar esta actitud desde las nuevas generaciones debería fomentarse desde el hogar y la escuela. Además, el fomento de esta cultura preventiva serviría de real sustento a los mecanismos institucionales existentes, generando así la necesaria retroalimentación.
Hay que unir la conciencia con la praxis haciendo del dicho “prevenir es mejor que lamentar” un verdadero himno, intentando al menos, si ya no se puede evitar totalmente, limitar los efectos catastróficos, que de lo contrario se convertirán una y otra vez en tragedia y retroceso. De lo que se trata no es de vivir como indigentes seguros, ni de convertirnos en héroes de cada catástrofe, sino preferiblemente en volvernos amantes de la prevención y expertos de la emergencia, lo que será, aunque no se puedan salvar todas las vidas y todos los bienes, y no sea noticia espectacular, siempre mejor opción que cualquier tragedia.