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Del evento al desastre
Edmundo (Mundo) Jarquín
El autor es Coordinador Político de la Alianza MRS
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Los eventos de la naturaleza —erupciones, terremotos, huracanes, maremotos, sequías, etc.— son inevitables, sin desconocer que el cambio climático, en buena parte producto de la acción de las sociedades, está incidiendo en la recurrencia, imprevisibilidad y dureza de algunos de esos eventos de la naturaleza.

Pero que un determinado evento de la naturaleza se convierta en desastre económico, social y humano, no es inevitable. Un mismo evento, en general, causa mayores estragos en un país pobre, atrasado, y con debilidades políticas e institucionales que impiden tomar, con anticipación, medidas de prevención y mitigación. Son las poblaciones más vulnerables, desde el punto de vista socioeconómico, las que sufren las mayores consecuencias de esos eventos de la naturaleza. Y como es sabido, que un país esté lleno de pobreza y amplios contingentes de población vulnerable, y con sistemas de salud y socorro extremadamente débiles, y al lado haya otro país que no está en esas condiciones de postración, se explica porque en el primero la política y las instituciones han sido y son una causa de vulnerabilidad. Al final de cuentas, entonces, son las debilidades políticas e institucionales, que a su vez son causa de pobreza y atraso, las que en general explican que los eventos de la naturaleza se conviertan en desastres humanos, económicos, sociales.

Con esa tesis escribí, a raíz del huracán Mitch, un artículo que tuvo difusión internacional. Eso condujo a que en el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), donde entonces trabajaba, se me encargara organizar, con motivo de la Asamblea Anual de Gobernadores del 2000, realizada en Nueva Orleáns, un seminario con el tema Los desastres naturales: un problema del desarrollo. De este seminario, organizado conjuntamente con la Comisión Económica para América Latina (CEPAL), salió la publicación Un tema del desarrollo: la reducción de la vulnerabilidad frente a los desastres, que elaboramos con un equipo de CEPAL y el BID, y que puede ser obtenida en la red (www.iadb.org/sds/ENV/publication/publication_2530_2168_s.htm).

Alguien podría preguntarse ¿y el huracán Katrina, no devastó gran parte de Nueva Orleáns, una importante ciudad del país más desarrollado del mundo? Lo mismo me pregunté yo en 2005, año de la catástrofe, hasta que empezaron a emerger informaciones que revelaron debilidades políticas e institucionales que habían impedido que la tragedia se evitara. Advertencias del cuerpo de ingenieros del ejército de Estados Unidos, en el sentido que los diques de contención del lago que está a las espaldas de la ciudad debían ser reforzados, habían sido ignoradas por un gobierno obsesionado por los preparativos de la guerra de Irak; corruptelas con contratistas a nivel local y estatal, también habían debilitado las defensas de la ciudad; el Congreso no había asignado fondos requeridos para obras que podrían haber mitigado la tragedia, etc. Y todo eso sobre el trasfondo de una de las zonas de menor desarrollo, en el país más rico del planeta, y donde la pobreza y la exclusión se identifican, en una cifra alarmante, con la población negra. Entre los negros de la zona de la tragedia, las tasas de desempleo y exclusión duplicaban la media nacional, se publicó. Total, subdesarrollo puro y duro, del primer mundo, oculto en las impresionantes cifras promedio del país más rico de ese primer mundo.

Tiempo después reflexioné sobre lo anterior porque leí, a título del avance de la reconstrucción de Nueva Orleáns, que The Preservation Hall, templo de los blues y el jazz, hospedado en una de las casas y calles más características de la ciudad, había reabierto sus puertas. No pude entonces dejar de pensar en lo que Franz Fanon dijo en su libro Los condenados de la tierra, que tanta rebeldía nos alentó cuando éramos más jóvenes, que el jazz, al fin de cuentas, —y cito de memoria habrá quedado perdido entre tantas mudanzas— no es más que la angustia quebrada y desesperada de un pobre viejo negro, atrapado entre cinco whiskies, su propia maldición y el odio racista de los blancos”.

Como ahora, reflexionando sobre las dolorosas secuelas que han dejado el huracán Félix, y las posteriores torrenciales y prolongadas lluvias, no puedo olvidar un artículo que el poeta revolucionario salvadoreño Roque Dalton escribió con motivo del terremoto que destruyó Managua en 1972, y que tituló: Nicaragua, terremotos de la tierra y de la historia. Desde luego, con lo de “terremotos de la historia” se refería a las intervenciones extranjeras, guerras civiles, dictaduras, componendas pactistas y gobiernos incapaces, que tenían postrado a nuestro país.

¿Cuánto ha cambiado Nicaragua desde el terremoto de 1972, en términos de nuestra vulnerabilidad frente a los eventos de la naturaleza? Poco o nada, y esto es así porque la política y las instituciones, con la excepción del Ejército y la Policía, siguen tan malas como entonces, y la ilusión que se alentó en la transición democrática ha sido desvanecida entre pactos y corruptelas que han contenido, primero, y revertido, después, la progresiva mejoría de nuestras políticas e instituciones que se inició con el triunfo de la revolución en 1979, y se aceleró a partir de 1990.

Sería un abuso atribuir la vulnerabilidad que Nicaragua ha mostrado frente a los recientes eventos de la naturaleza al actual gobierno, aunque los nicaragüenses no desconocen que el presidente Ortega ha estado gobernando desde arriba y desde abajo durante los últimos 28 años.

Pero no es abuso decir que este es un gobierno que no parece haber aprendido esas lecciones de la historia, porque así como no entiende que con rótulos y discursos ni hay menos hambre, ni más empleos, tampoco entiende, ni le importa, que a este país no le aguarde prosperidad compartida, libertad, fortaleza, menor vulnerabilidad frente a los eventos de la naturaleza, al final del camino de reformas constitucionales que continuaron fraguando, mientras el pueblo imploraba ayuda en medio de huracanes y vaguadas. Por el contrario, al final de ese camino de componendas corruptas y autoritarias, aguardan huracanes y vaguadas de peores consecuencias.

Importancia de las TIC en la educación
Sapjha Hamad
La autora es periodista y docente universitaria

Con el avance de las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC) ha aparecido un nuevo perfil de educador caracterizado por su capacidad de transformar la información en conocimiento útil y necesario para los estudiantes.

Los docentes deben estar capacitados en el uso adecuado de estas nuevas tecnologías (computadoras e Internet). En este sentido, el centro de estudio forma parte de la estructura social, es importante que integre los avances tecnológicos que la sociedad genera.

La escuela educa para formar en la sociedad, también tiene que enseñar a hacer uso correcto de los nuevos recursos. El desarrollo de las nuevas tecnologías nos permite tomar conciencia de los problemas que giran en torno de los adelantos científicos y nos instruye en el uso de estas herramientas que nos sirven de apoyo al sistema educativo actual.

Se debe fomentar desde todo punto de vista la preparación tecnológica de los futuros profesionales y promover una actitud crítica ante los mensajes que se reciben a través de los medios de comunicación, son objetivos concurrentes a la necesidad de mejorar los procesos educativos y la calidad de la enseñanza, ya que el uso de los medios facilita la mejor captación de la información.

Otro de los objetivos de la introducción de las Nuevas Tecnologías aplicadas a la educación es generar un modelo distinto y acorde con las necesidades del momento, como medio de apoyo al clásico o tradicional. Algunos de los aspectos positivos es la ruptura de la monotonía, ya que surgen nuevas formas de aprender e investigar.

La función motivadora de las tecnologías hace más relajada, entretenida y amena la clase, captando de otra manera la atención de los alumnos.

La nueva escuela debe incorporar estas herramientas tan importantes hoy en día si no queremos que aparezca un nuevo tipo de “analfabetas” que desconocen o no han tenido acceso a las nuevas tecnologías. En ocasiones esto ocurre en el mismo centro de enseñanza (escuela, colegio, instituto, universidad, etc.) donde el alumno domina y utiliza rápidamente este nuevo lenguaje, mientras los docentes nos quedamos relegados; en otros casos es entre los mismos estudiantes que provienen de distintos estratos sociales o de colegios que poseen distintas calidades de recursos, es también así que se produce la brecha.

Las actuales TIC se deben desarrollar en sistemas habilitando el acceso equitativo a la información y su instalación debe distribuirse democráticamente, favoreciendo a los más desplazados.

La escuela debe ser una continuidad de la sociedad para que cada uno de los miembros pueda adoptar los nuevos conocimientos y los nuevos medios de transmisión de estos en la medida de lo posible, para facilitar que este cambio de la Sociedad de la Información (SI) se integre adecuadamente en el ámbito del proceso de enseñanza-aprendizaje de la educación actual.

En muchos países las tecnologías educativas se han convertido en importantes políticas de Estado y esta circunstancia por una parte favorece el desarrollo de las TIC.

Por otro lado, los altos costos, la infraestructura y la logística son cuestiones que sólo un Estado puede afrontar con la eficacia y sustentabilidad que se necesita, entonces ¿por qué no en Nicaragua?

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