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El padre Thomas Mathews hizo ayer milagros de sanación en el Santuario de Cuapa ante miles de creyentes. (La Prensa/M. Esquivel)
Hicieron fila por un milagro
Despidieron ayer al padre Mathews en Cuapa
Octavio Enríquez
nacionales@laprensa.com.ni
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El mediodía recibió a la gente en el santuario de Cuapa con un olor a carne asada y un aroma a incienso. El comedor y la capilla estaban cerca.

Y allí, en medio de centenares de feligreses, apareció a quien todo mundo quería ver y tocar.

Se bajó de la camioneta blanca y una de sus acompañantes salió al paso de la gente que se arremolinaba para tocarlo, para que su sombra se posara sobre ellos.

“A todos los tocará, no se preocupen, pero anda un poco sensible. Ha estado llorando, déjenlo llegar a la tarima”, pidió.

Para estos días el nombre de Thomas Mathews, el hombre que cura, no es desconocido en el país. Tampoco su historia. Un día llegó, hace dos años, a este pueblo sencillo conocido porque allí la Virgen María se le apareció a un campesino en los años ochenta. Oró, se curó de un problema en su brazo derecho y empezó a sanar.

Hasta ayer llevaba una semana en el país en misiones de sanación. Una muchedumbre lo ha seguido por todos lados.

Mensaje por celular

Ronald Álvarez, camisa roja, pantalón verde, un Seiko 5 amarillo en el brazo derecho, llegó temprano desde Carazo.

Su hermana enferma no pudo hacerlo. Pero eso no importa. Álvarez saca su celular de la mano y se lo pone durante una hora y tres minutos.

La voz del sacerdote de origen hindú se escucha desde el pequeño altar, construido a unos pasos de donde apareció la Virgen. Habla inglés y alguien traduce.

“¡Aleluya, Aleluya!”, clama y la gente alzando las manos.

Una mujer dice que la sanaron. Ocurrió en otra misa con Mathews y ahora lo cuenta.

“¡Aleluya, Aleluya!”, repite y lo aplauden igual. Otro también fue sanado.

La voz del sacerdote exalta a los sus oyentes. Y después llega el momento de imponer las manos.

Los primeros feligreses van cayendo uno a uno apenas se les coloca enfrente y toca sus cabezas.

Todos en la fila quieren garantizarse un milagro. O por lo menos una esperanza. Rápidamente todo se desordena, el padre Oscar Chavarría, de la parroquia de Cuapa, dice palabras fuertes.

“Todos se quieren sanar, pero es bueno que seamos ordenados”, se oye. Pocos hacen caso. Mathews se sienta un rato para persuadir.

Una señora inválida espera sanación. Hay mancos, sordos y ciegos con la misma idea, y creyentes que comen carne asada mientras escuchan la prédica. Son más de las 3:00 p.m. y aún muchos hacen filas por su milagro.

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