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Álvaro Colom habla ante una multitud de seguidores en Puerto Barrios, 160 km al noroeste de la ciudad de Guatemala. Es uno de los dos políticos que disputarán la Presidencia mañana. ( LA PRENSA/ AFP/UNE/D. POCON)
¿La tercera la vencida?
Un perfil de Álvaro Colom
GUATEMALA/ AFP Y ACAN-EFE
Una sombra en su carrera

Tras las elecciones de 2003, que perdió frente al conservador Oscar Berger, se descubrió que el partido de Colom, la Unión Nacional de la Esperanza (UNE) recibió dinero del Estado para financiar su campaña electoral de parte del ex contralor general de Cuentas, Marco Tulio Abadío, quien cumple una condena de prisión por malversación de fondos públicos.

Aunque Colom ha asegurado que desconocía la procedencia de esos recursos y ha sido exonerado, que llegaron a las arcas de la UNE mediante una organización no gubernamental, esa sombra le ha seguido desde entonces.

Viudo de su primer matrimonio, casado en segundas nupcias con la empresaria de la confección Sandra Torres, y padre de tres hijos, Colom ha asegurado que expulsó de su partido a miembros del crimen organizado.

Sin embargo, la reciente renuncia de su ex jefe de estrategia José Carlos Marroquín, tras denunciar amenazas de muerte procedentes de mafias supuestamente vinculadas con el partido, han puesto en duda la independencia y honradez de la UNE, de la que presume Colom.

En los últimos dos años han sido asesinados 18 miembros de ese partido, entre ellos dos diputados, en ataques que Colom atribuye a grupos del narcotráfico y el crimen organizado apoyados por oficiales retirados vinculados a la antigua Inteligencia Militar.

Álvaro Colom, ingeniero industrial vuelto político y uno de los tres sacerdotes mayas ladinos en Guatemala, logró crear la mayor formación política, pero se le critica falta de carisma para gobernar un país que necesita determinación para acabar con el crimen organizado y la impunidad.

Conocido como “gavilán”, su “yahual” maya, equivalente al signo del zodiaco occidental, de 56 años, Colom estudió Ingeniería Industrial porque quería trabajar con la gente.

“Yo buscaba una ingeniería que tuviera relación con el ser humano, y la única que encontré fue la industrial, porque tiene que ver con la administración humana, por eso me decidí a cursarla”, aseguró recientemente en una entrevista con el diario Siglo XXI.

De hecho, no esconde que el trabajo que más satisfacciones le ha proporcionado a nivel personal fue su puesto de director del Fondo Nacional de la Paz (Fonapaz) de 1991 a 1997, el cual buscaba mejorar la calidad de vida de la personas pobres del área rural, azotada por la guerra (1960-1996).

“Atendimos a casi 9,000 comunidades, pero también estuvimos en el proceso de atender a los refugiados y desplazados (por el conflicto bélico), así como en la resolución de conflictos de tierras”, dice.

Sus detractores lo acusan de falta de liderazgo y de haber permitido en su partido —el mayor del país con 80,000 afiliados— la presencia de agentes del crimen organizado.

Incluso lo ven como un pelele de su impulsiva y enérgica esposa, Sandra Torres, quien, aseguran los detractores, controla una facción del partido Unidad Nacional de la Esperanza (UNE) de corte socialdemócrata.

Estas críticas las refutan sus seguidores que ven en él a un líder que ha ido ganando experiencia tras dos intentos previos de llegar a la Presidencia de Guatemala, forjándose como político de raza tras sus experiencias como empresario y funcionario público.

En cualquier caso, denigra la promesa de campaña de su rival en la contienda del domingo, el general retirado Otto Pérez Molina, quien aboga por la “mano dura” para cercenar sus aspiraciones, por tercera vez, a convertirse este domingo en el próximo Presidente de Guatemala.

“La mano dura la hemos tenido durante más de 50 años y es la que tiene a Guatemala sumida en la pobreza, en la mala educación y la falta de medicamentos en los hospitales”, afirmó este sacerdote maya, de voz suave y maneras exquisitas.

Su tendencia socialdemócrata —compartida por su compañero de fórmula a la Vicepresidencia, el prestigioso cardiólogo Rafael Espada— levanta ampollas en una sociedad conservadora y un sistema económico ultraliberal del que sólo se benefician un puñado de poderosas familias, mientras más de la mitad de los 13 millones de guatemaltecos viven en la pobreza, sobre todo los indígenas, el 60 por ciento de la población.

Ni su pasado empresarial como directivo de la maquila ni su paso por el Ministerio de Economía como viceministro, en 1991, en el Gobierno de Jorge Serrano Elías, han logrado tranquilizar al empresariado local, inquieto de sus intenciones.

Sobre todo, porque de llegar al Gobierno podría intentar poner fin a sus privilegios: exoneraciones fiscales, bajos salarios, flexibilidad laboral, políticas de salvataje financiero, evasión fiscal, fortalecimiento del solidarismo en detrimento del sindicalismo, o mejorar el deplorable sistema de salud pública.

“En síntesis, los intereses que están en juego son muy poderosos y quienes los dirigen esperan continuar trabajando con un Estado flexible y, por supuesto, manteniendo sus piezas (tecnocracia e intelectuales) en puestos claves”, resume un reciente informe del Instituto Centroamericano de Estudios Políticos (Incep).

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