MULTA
Un día de estos, un policía de Tránsito me detiene en una rotonda. Tras tener mis documentos en sus manos dice: “Le vamos a poner una multita por invasión de carril… Son 400 pesos…” Queda unos segundos en silencio esperando que yo diga algo y ante mi silencio reitera: “Son cuatrocientos pesos… Ley 431, artículo 26”. Silencio otra vez. Insiste: “Tal vez no sean sólo los 400 córdobas sino todo el trámite y la pérdida de tiempo para recuperar su licencia…” A esas alturas ya sé por donde va el asunto y un poco enojado le digo: “Mire, no creo que merezca una multa, pero si va a multarme, hágalo ya y no me haga perder el tiempo”. Se fue hacia donde otro policía que esperaba atrás en una moto, hablaron durante un rato, y después regresó con la boleta amarilla firmada por un suboficial de nombre ilegible y apellido Baltodano, con el chip No. 6031.
CHANTAJE
No es mi intención utilizar esta columna para discutir si es justa o no la multa que el policía me impuso, sino más bien usar este incidente para señalar una situación que ya se ha vuelto común y que parece ser aceptada por los altos mandos de la Policía. Se trata de ese policía que insiste en la cantidad de dinero que se va a pagar por la “vía oficial”, dando a entender que un arreglo “extraoficial” sería más favorable, o aquel que le da largas al asunto y se va detrás del vehículo con los documentos para obligar al conductor a bajarse a negociar. Y uno queda ahí en el carro, con esa sensación de que estás atrapado: o das “mordida” al policía, o no hay “san alegato” que valga para salvarte de la multa.
SOBORNOS
Nunca en mi vida he pagado un soborno, ni creo que vaya a hacerlo. Soy un conductor muy respetuoso de las leyes de Tránsito y a veces mis amigos me tildan de exagerado cuando voy a dar largas vueltas para doblar donde hay una raya amarilla o cuando espero pacientemente en la fila mientras otros avanzan por los laterales y se cuelan. Pero últimamente he tenido que pagar varias multas. Demasiadas. Algunas veces me asombro de conocer la infracción que cometí. Y no vaya a creer la comisionada Aminta Granera que todas las multas que se ponen son por infracciones de tránsito. Algunas veces la multa que llega a las arcas de la Policía es precisamente el costo de no pagar mordida. ¿Y que se puede hacer contra eso?
INDOLENCIA
El asunto es que, y es al punto que quiero llegar, que hay indolencia de parte de la Policía para combatir la mordida antes que llegue a institucionalizarse. Es muy fácil enterarse. Casi todos los conductores han pasado por situaciones como esta. Conozco conductores que caminan entre sus documentos un billete de cincuenta córdobas por si los detiene un policía. Y siempre he escuchado a los altos mandos policiales obviar el tema diciendo que “si hay policías que piden mordida es porque hay conductores que las ofrecen”. Y la cosa no es tan sencilla como hemos visto. La mordida no se pide, se insinúa.
CONTROLES
La falta de voluntad en la Policía para combatir este tipo de corrupción hace que se vuelva descarada y cada vez más agentes participen en ella. Tengo que decir que he encontrado a muchos policías muy correctos. El problema no es que multen a quienes infringimos la ley. El problema es que si no se establecen controles en el afán de conseguir dinero, estos agentes van a dejar ir a los que paguen, por muy grande que sea la infracción, y serán implacables con las multas a aquellos que se rehúsen. Y una vez que se llegue ahí, se habrá degenerado la función de los agentes de Tránsito.