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Combatir la pobreza... ¡eficazmente!
Adolfo Miranda Sáenz
El autor es ministro laico católico
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Combatir la pobreza es una necesidad apremiante cuya importancia reconoce toda persona con sensibilidad humana. El asunto es cómo hacerlo en forma eficaz. Si se sigue el camino del comunismo los pobres se vuelven más pobres, los ciudadanos pierden la libertad y se cierran las puertas de la democracia. La “dictadura del proletariado” se convierte en la “tiranía de las nomenclaturas”.

Los marxistas-leninistas afirman que la solución está en quitarle a los ricos lo que tienen para dárselo a los pobres: repartir la riqueza, como si esta fuera una cantidad fija y no algo que se puede crear, crecer, aumentar, permitiendo que los que no la tienen puedan llegar a beneficiarse de ella sin despojar a nadie (por lo que los no-comunistas plantean más bien la justa distribución de los ingresos). El comunismo termina con la propiedad privada, con la libertad de empresa y de comercio, y con la libre competencia. Como consecuencia, se produce un estancamiento en la economía (lo que es “de todos” en realidad es “de nadie” y la producción se paraliza). Se deja de producir nueva riqueza consumiendo la que se tenía, y se termina sólo repartiendo la pobreza. Eso ya lo comprobó la humanidad.

Por otra parte, existe un tipo de capitalismo donde se aplican con frialdad las leyes de la oferta y la demanda, sin solidaridad humana; donde el enriquecimiento no se acompaña con la justicia social; donde el Estado no protege a los pobres ni suple sus necesidades básicas; donde los fuertes explotan a los débiles y los ingresos que produce la riqueza sólo van a los bolsillos de los ricos y no llegan a los pobres. Ese tipo de capitalismo, como expresó Juan Pablo II, es un “capitalismo salvaje”.

La Iglesia, sin pretender sustituir las opciones políticas por una “propia”, sino iluminar desde el Evangelio a los políticos y gobernantes, propone una doctrina social con una defensa realista de los pobres respetando el derecho a la propiedad privada de los medios de producción, la libertad de empresa y la acumulación de riqueza; pero imponiendo una “hipoteca social” a los bienes de los que tienen más, llamándolos a practicar una justa distribución de los ingresos (que no es lo mismo que repartir la riqueza) mediante salarios dignos, beneficios sociales y una justa y equilibrada política fiscal que sin estancar la inversión privada, sino estimulándola, permita al Estado suplir las necesidades de la sociedad en su conjunto y combatir eficazmente la pobreza. Esto conduce a la creación de nueva riqueza, de inversiones, y por consiguiente de nuevos empleos justamente remunerados y con oportunidades para todos.

Combatir eficazmente la pobreza sólo es posible si hay un clima de estabilidad política y social, sin confrontaciones ni exclusiones, con unidad de esfuerzos, con reglas claras y con honestidad. Las palabras y los hechos que infundan o siembren temor y desconfianza nunca favorecen la inversión ni la generación de empleos, impidiendo que los pobres salgan de la pobreza.

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