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Otra oportunidad que se pierde
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Nicaragua parece ser un país que está predestinado a perder o desperdiciar sus oportunidades de progreso y desarrollo. Seguramente hay otros pueblos —en Latinoamérica, África, Asia y el Oriente Cercano y Medio— que tienen también esa propensión, pero lo que nos importa ante todo, porque nos afecta directamente, es el caso de Nicaragua.

Entre las grandes oportunidades históricas que ha perdido Nicaragua, hay que mencionar los casos del gobierno de concordia política que se estableció en el país al terminar la Guerra Nacional de mediados del siglo XIX; de la revolución liberal de 1893; de la restauración conservadora en 1911; del fin de la guerra de Sandino en 1933; del derrocamiento de la dictadura somocista en 1979 y de la dictadura sandinista en 1990; del período de gobiernos democráticos de 1990 a 2006; e incluso ahora, del segundo gobierno sandinista de Daniel Ortega.

Es cierto lo que dice la sabiduría popular, de que hasta en las peores desgracias se presentan las oportunidades. El triunfo electoral de Daniel Ortega en noviembre del año pasado, con sólo el 38 por ciento de los votos gracias a la irresponsable concesión pactista que le hicieron Arnoldo Alemán y el PLC, fue una desgracia para la democracia de Nicaragua, para la economía nacional y la situación económica y social de la mayoría de los nicaragüenses. Pero al mismo tiempo creó una oportunidad, para el mismo Ortega de reivindicarse ante la nación y la historia, y para el país de revertir esa nueva adversidad y sacarle ventaja.

En realidad, si Daniel Ortega fuese un político responsable que amara a su país más que a sí mismo y a su partido; y por lo tanto, si tuviera talante de estadista, entonces debió tener conciencia de su condición minoritaria y llamar a todas las fuerzas políticas y sociales democráticas del país que lo repudiaron en las votaciones del año pasado, para que lo apoyaran en un esfuerzo de gobierno nacional en beneficio de todos los nicaragüenses, no sólo para el provecho de la minoría que lo llevó al poder. Pero Ortega ha preferido gobernar de manera personalista y sectaria, confiando sólo en su mujer y apoyándose únicamente en su partido, y aferrado al pacto inmoral y antidemocrático que mantiene con Arnoldo Alemán.

Ahora, las desgracias nacionales que causaron el huracán Félix y los temporales del mes pasado, le han ofrecido al presidente sandinista Daniel Ortega una nueva oportunidad de reconciliarse con sus adversarios, con la nación y con la historia; de hacer el bien en vez de seguir caminando por el mal. La emergencia, la necesidad de unir esfuerzos de todos los nicaragüenses para la pronta y efectiva reconstrucción nacional, e inclusive para convencer a la comunidad internacional de que aporte más recursos económicos y materiales para la reparación de los daños causados por los fenómenos naturales, debían ser suficientes para motivar a Daniel Ortega a desistir de seguir tratando de imponer sus planes autoritarios, continuistas, sectarios y corruptos.

Daniel Ortega debió llegar a la Asamblea Nacional no sólo a pedir dinero para que su gobierno ejecute algunas obras de reparación de daños infraestructurales, sino también para ofrecer una propuesta de concertación nacional ante la emergencia en que se encuentra el país. Si Daniel Ortega retirara sus planes de restaurar los tenebrosos CDS —ahora con el nombre de CPC— como órganos cuasi estatales de espionaje y represión; si revocara el pacto inmoral contra la democracia que tiene con Arnoldo Alemán; y si desistiera de su plan de cambiar el sistema de gobierno para imponerse para siempre en el poder y seguir manejando el Estado al estilo somocista, como una hacienda personal, familiar y partidista, todos los nicaragüenses podrían respaldar al gobierno en el esfuerzo y obras para la reconstrucción nacional.

Nicaragua necesita ser gobernada con sensatez, con respeto a la libertad y apego a la democracia. Esto es indispensable para poder impulsar el crecimiento económico del país e integrarlo de manera competitiva en el mundo del Norte y del Sur, del Este y del Oeste. Pero lamentablemente Daniel Ortega está empecinado en llevar a Nicaragua por el mismo camino que ya transitó en el pasado y que conduce inevitablemente a su propio fracaso político y a otro desastre nacional tal vez peor que los anteriores.

Y esto sólo podría ser impedido por la acción unida y decidida de la oposición y la sociedad civil democráticas.

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