Dos millones cuatrocientos mil ni-
caragüenses son paupérrimos y de cada diez de ellos siete viven en las áreas rurales.
En 1988 cancelaron el Programa de Crédito Rural del Banco Nacional y fue cerrado en diciembre de 1997. Nicaragua es el único país del Continente que no tiene una banca estatal de primer piso. Después del cierre del Banco Nacional han surgido muchos organismos que prestan dinero con tan buen éxito que ya se están convirtiendo en bancos y financieras. Es un magnífico negocio prestar dinero.
Sin el Banco Nacional se dejó de financiar a los pequeños y medianos productores y aquel eslogan de: “Nicaragua, granero de Centroamérica”, desapareció. Nadie financia los granos básicos como lo hacía el Banco Nacional, llegando a habilitar hasta 180 mil manzanas de maíz y frijoles dentro del Programa de Crédito Rural, además de los diferentes rubros, incluyendo la vivienda rural con plazos hasta de 20 años. Las recuperaciones eran del 98 por ciento y anualmente se promocionaban muchos pequeños productores que pasaban a ser sujetos de crédito bancario.
En su oportunidad el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) dijo que el Crédito Rural de Nicaragua era el mejor de Latinoamérica. El Banco Nacional de Nicaragua y el Infonac desarrollaron Nicaragua y al eliminarlos se paralizó el progreso de todo el país. La gente pobre no quiere pagar luz, agua y que le regalen todo sin dar nada a cambio. No tenemos una institución que promueva el cooperativismo para aglutinar a los que no tienen, y así poder en forma conjunta tener voz y trabajar adecuadamente. Las cooperativas debidamente organizadas son la solución del pobre. Estimular el ahorro en ellas es la forma de salir del proceso de pedir, así podrán ser autosostenibles a mediano plazo, y de esa manera se combate eficazmente la pobreza.
La banca privada no podrá sustituir una banca estatal y nunca estarán de acuerdo en que se crea una institución crediticia de primero y segundo grado para favorecer a los pequeños y medianos productores. Las microfinancieras “exitosas” y “sin fines de lucro” no querrán una institución que financie a los pequeños y medianos productores, porque peligraría su utilidad. El pobre necesita financiamiento individual o por medio de cooperativas con espíritu de desarrollo, con asistencia técnica, capacitación administrativa que les induzca al buen manejo de su empresa a una comprensión del cooperativismo y que tengan el firme propósito de ser autosostenibles en el menor tiempo.
Como una excepción debo señalar lo que hizo Muhammad Yunus en Bangladesh, que condoliéndose de sus compatriotas pobrecitos les otorgó créditos pequeños con verdadero “sin fines de lucro”, convirtiendo su noble acción en el Banco Grameen, con mística y devoción para erradicar la pobreza, cuya gesta le valió obtener un Premio Nobel recientemente.
Nicaragua necesita una institución financiera estatal que realmente vele por los pobres y los convierta en el menor tiempo en sujetos de crédito bancario, como ya se hizo hace algunos años en nuestra nación.