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Las madres descomunales
Ruth Dávila Altamirano
La autora es directora administrativa financiera en la Asociación de Padres de Familia con Hijos Discapacitados Los Pipitos

Como cada 30 de mayo, todos los nicaragüenses nos abocamos a la tradición de celebrar a nuestras madres, el ser más sublime que el buen Dios ha dotado para darnos la vida, guiarnos, educarnos, consolarnos, amarnos.

Mis hermanos y yo amamos serena e intensamente —me atrevo a decir, veneramos— a nuestra mamá, quien, como para todo hijo e hija, era la mejor madre del mundo: la entregada, la incansable, la callada pero firme orientadora, la que sin manuales ni estudios de sicología educó y formó a la “marimba” de sus siete chavalos.

Ella era mujer de vientre fecundo, mamá de corazón, de raíces profundas. Mi madre sigue siendo en mis recuerdos una mujer extraordinaria, y en mis afectos, una persona insustituible.

Cómo no transportarme a las experiencias de mi niñez, bajo el atento y amoroso cuidado de mi mamá: saltando la cuerda en el patio, hacer el “chilillo” sin enredarse ni perder pie; jugar a la cebollita; la rayuela, al punto tres o lo que era igual a correr a escondernos tras la mata de chagüite, hasta que nos encontrara el otro jugador; hacer “tortas de lodo” en la sala sin enladrillar, corretear a las gallinas, leer, practicar trabalenguas, hacer veladas con primos cercanos , para deleitar a la familia; en fin, un hogar donde lo que más abundaba era la calidez y la unidad, la fortaleza y la incondicionalidad de mi mamá, que no permitían que la pobreza material hiciera mella en nuestras vidas, al contrario, nos hizo más yunta a los hermanos.

Producto de las enseñanzas y el cariño de nuestros padres, fuimos chavalos sanos, contentos, buenos estudiantes, vecinos respetuosos, con pocos pero excelentes amigos, de ésos que aún hoy enriquecen nuestras vidas, devotos católicos, amantes de nuestras fiestas patronales.

Luego, cuando fui madre, me di cuenta que cada sonrisa de un hijo, cada “gracia” de la infancia, cada protagonismo o méritos o conquista en la escuela: la declamación de un poema, exponer el resumen de un libro, jugar un rol en una representación de la Batalla de San Jacinto u obtener un diez en matemáticas cómo nos llena de satisfacción, cuánto se disfruta verlos crecer, pasar de la timidez a la coquetería, de la inocencia a la picardía, y así, de una etapa de la vida a otra, que es lo que normalmente esperamos de unos hijos sin aparentes limitaciones físicas ni intelectuales.

Reflexiono y reconozco hoy, más que nunca, que si mi madre, que en paz descansa, fue extraordinaria, como miles en nuestra amada Nicaragua, las mamás de niños con capacidades diferentes son —sin duda alguna—, descomunales, gigantescas, de una rara quintaesencia —en lenguaje de Darío— más dignas entre más luchadoras, tayacanas, guerreras del amor y de luz, con una insondable capacidad de amar.

Estas mamás cuyos momentos de realización y de verdadera felicidad consisten en aplaudir y gozar de esos pequeños grandes triunfos: deleitarse con la hoja de papel donde aparece un trazo irregular que su hijo con deficiencia motora logró plasmar en más de una hora; conmoverse cuando después de muchos trabajos juntos, su hijo con parálisis cerebral, logra erguir su cabeza, dignamente; estremecerse ante la obra artística del hijo sordo que ha revelado su mundo interior pintando su concepción de la Navidad o de una flor; acompañando en su danza, desde su corazón, a su hija, con Síndrome de Down, al ritmo de palo de mayo o del Solar de Monimbó; o bien, felizmente atrapada en un dulce abrazo de su hijo con hidrocefalia.

Son madres que mejoran al mundo con un rostro muy humano y actos muy divinos, porque es Dios quien les provee de esa mar de amor; son mamás de esas que plantan cara cuando todavía algunas personas con limitaciones o deficiencias morales, espirituales, sociales, políticas, ven a sus hijos como seres raros, como si tuviesen enfermedades contagiosas, como si fuesen de otro mundo.

A estas madres no las detiene ni el sol, ni la lluvia, ni la extrema pobreza, menos aún los prejuicios. Ellas actúan rápido, con entereza e integridad, porque lo primero que anhelan y demandan para sus hijos es que sean tratados con respeto, con dignidad, como lo que son: niños con capacidades diferentes, con sus propios sueños y esperanzas, con legítimos derechos ciudadanos, con aspiraciones a una educación y un trabajo.

Estas madres que por amor y con fe han desafiado a la ciencia y han logrando revertir pronósticos clínicos y posibilitando a sus hijos oportunidades para su habilitación y rehabilitación, verán más temprano que tarde la integración activa de sus hijos en la vida social y política de Nicaragua.

A ustedes, madres grandiosas, especiales, todo mi respeto, mi admiración, mi homenaje.

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