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Con la barba sobre el hombro

El régimen autocrático de Hugo Chávez representa todo lo que los ciudadanos de una democracia moderna no quieren para su país: un presidente que los avergüenza y un régimen político que los envía de regreso a la primera parte del siglo pasado aunque lo llamen “del siglo XXI”. La conducta de Chávez es vergonzosa no sólo para los venezolanos sino para los latinoamericanos en general. En los foros internacionales se expresa como cualquier malandrín; arremete contra los periodistas que lo incomodan con preguntas que no quiere escuchar ni responder; vitupera a presidentes, a líderes religiosos y a ciudadanos honorables y luego disfruta oyendo sus propias sandeces.

Pero no es sólo la personalidad disfuncional de este dictador del siglo XXI lo que molesta sino también su estilo manipulador, abusivo, impositivo de gobernar. Su esquizofrénica teoría política. Su hibridismo conceptual. Por un lado, se beneficia como pocos del sistema capitalista; conspira con países como Irán para bajar la producción de crudo, crear una escasez artificial, aumentar el precio del barril de petróleo y así ganar unos dólares más a sabiendas de que con esto daña especialmente las economías de los países pobres y contribuye a aumentar la miseria alrededor del mundo. Y, por otro lado, anuncia el establecimiento de un Estado socialista que, según él, será el paraíso terrenal de los desheredados no sólo de Venezuela sino también de América Latina. Por un lado, proclama el respeto a la empresa privada y por otro, amenaza con expropiaciones a bancos y otras empresas. Dice que es respetuoso de la libertad de expresión pero ordena la clausura de la estación RCTV y de paso aprovecha para amenazar a los demás medios de comunicación venezolanos con recibir el mismo trato si se atreven a disentir con él o a decirle la verdad.

Con petrodólares que no son suyos sino del pueblo venezolano —pero por los que no entrega cuentas a nadie— Chávez compra diputados y jueces para que le faciliten el camino, para que dejen la vía libre a su disparatado proyecto de Socialismo del Siglo XXI y, como si esto fuera poco, politiza al ejército, lo arrastra a su aventura y lo obliga a gritar su consigna de “Patria, socialismo o muerte”.

Chávez es como ese pariente infaltable que no queremos en las reuniones de la familia. Cuando su régimen termine por la causa que sea —algo que la historia reciente ha dejado claro es que no hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista— seguramente que los venezolanos van a brincar como un paralítico que ha sido sanado; y van a mirar hacia atrás con el alivio de haber sobrevivido a un terremoto, a un huracán o a cualquier otra tragedia. Y es que regímenes como el chavista —o el sandinista que sufrimos en Nicaragua en los años ochenta— mantienen a la población en un estado de continua tensión; terminan con la espontaneidad, la creatividad, la originalidad, la iniciativa, el gozo de la superación personal, del esfuerzo coronado; congelan la sonrisa en los rostros; detienen el ritmo y la canción.

Los venezolanos tendrán que amarrarse bien los pantalones para sacudirse a este dictador que utiliza las instituciones democráticas para esclavizarlos legalmente. Deberán despertar a la realidad de que el poder reside en ellos y no en un individuo y que está en sus manos el ejercicio de sus derechos ciudadanos. Y los nicaragüenses haríamos bien en “andar con la barba sobre el hombro”, es decir, mantenernos vigilantes, atentos, despiertos a los mecanismos que Daniel Ortega y compañía quieren usar para imponer el mismo estilo de gobierno de Hugo Chávez.

Desde luego que Ortega no tiene recursos ilimitados —como Chávez— pero podría usar los más de 300 millones de dólares anuales que se estima generará la venta del petróleo venezolano ofrecido en términos concesionarios al pueblo y gobierno de Nicaragua para comprar jueces y diputados que le ayuden a sentar las bases jurídicas que le garanticen su permanencia indefinida en el poder, la reforma del sistema de gobierno, la utilización partidaria de las autoridades militares y todo lo demás que ya hace Chávez en su propio país.

Para que una dictadura se establezca sólo se necesita la inercia de la ciudadanía.

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