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¿Reabrió el infierno, Benedicto XVI?
Humberto Belli Pereira
El autor es ex rector de Ave Maria College, fue Ministro de Educación

En palabras de Sergio Ramírez, expresadas en un reciente artículo, Juan Pablo II abolió el infierno: “consciente de que los vientos contemporáneos soplaban con tanta fuerza como para apagar las llamas del infierno, había mandado a los diablos de vacaciones”. Pero ahora, lamenta Sergio, Benedicto ha proclamado que: “el infierno es otra vez real. Sus llamas eternas queman de verdad y el castigo que uno debe esperar en sus antros pestilentes y caldeados no es nada más metafórico”.

Un primer error del artículo de Sergio es atribuirle a Juan Pablo II una debilidad que nunca tuvo. Él fue acusado de terco o conservador por sus detractores, precisamente porque sus declaraciones no apuntaban a donde soplan los vientos de opinión, sino en la dirección que señalan verdades inmutables, ajenas a las modas. Otro error es atribuirle a Juan Pablo la abolición del infierno. En la audiencia del 28 de julio de 1999, donde supuestamente se dio el nuevo giro, el Papa afirmó que “La condenación sigue siendo una posibilidad real… consiste precisamente en que el hombre se aleja definitivamente de Dios, por elección libre y confirmada con la muerte, que sella para siempre esa opción”. Lo que hizo Juan Pablo fue precisar que las llamas y el azufre, con que algunos autores lo han pintado, no describen lo fundamental de ese estado de tragedia eterna, “de completa vaciedad y frustración, de una vida sin Dios”.

Con o sin llamas, ese divorcio eterno de Dios es en sí infernal. El Papa reconoció la realidad de este estado doloroso, no porque exista un padre castigador, sino precisa y paradójicamente porque existe un Dios amoroso, que nos ofrece el cielo y todos los bienes, pero que respeta nuestra libertad para rechazarlos. El sufrimiento que se experimenta en dicho estado de infierno es proporcional a la magnitud del bien que se rechaza. Si rechazo la vida cosecho muerte. Si rechazo beber cosecho sed. Desde esta perspectiva, ¿habrá algo más terrible que haber optado por una separación eterna de un Dios que es “manantial de vida y alegría”, y que es amor, bondad, luz y belleza? El lugar, o el estado, donde Dios está totalmente ausente, ¿no serán el reino de la muerte y la tristeza, del odio y la maldad, de la oscuridad y la fealdad más extremas? Decía al respecto Juan Pablo II que “La misma dimensión de infelicidad que conlleva esta oscura condición puede intuirse, en cierto modo, a la luz de algunas experiencias nuestras terribles, que convierten la vida, como se suele decir, en “un infierno”. Allí están los Auschwitz y los Gulags, donde mora “el llanto y el crujir de dientes”.

El sufrimiento del infierno procede asimismo de la conciencia del bien perdido. El hijo de un rico pierde más al rechazar su herencia que el hijo de un menesteroso. Perder el cielo es la mayor tragedia que nos puede acontecer en la vida. Si Dios tiene alistado un lugar tal que “ni ojo vio, ni oído oyó, ni pasó por pensamiento de hombre cuales cosas tiene Dios preparadas para los que le aman”, (1.Cor.2.9) no será insoportable la tristeza de perderlo? Puede ayudar sobre este particular recordar la anécdota de Tagore sobre el campesino avaro, a quien un rey bondadoso le pidió un tributo y de quien sólo obtuvo un grano de maíz, sacado a regañadientes del costal que portaba. Al llegar a casa el campesino desparramó las semillas en el suelo y encontró que una era de oro; la que había concedido al rey. ¡Cómo lloró lamentando no haberlas entregado todas!

Finalmente Sergio yerra en atribuirle a Benedicto la resurrección del infierno dantesco y medieval. Lo único que el Papa afirmó, en su controvertida alocución del 26 de marzo, es que “Jesús vino para decirnos que nos quiere a todos en el Paraíso y que el Infierno, del que se habla poco en nuestro tiempo, existe y es eterno para quienes se cierran el corazón a su amor”. En ningún momento ha hecho Benedicto referencia alguna a llamas o azufre, tema, por lo demás superfluo.

No hay duda que se necesita una nueva catequesis sobre el infierno. La que sufrió Sergio Ramírez, basada en la imagen de un Dios punitivo, debe dar paso a una que reivindique la realidad de un Dios que es amor y busca, como dice Benedicto, darnos el paraíso. Dios no nos quiere atemorizados sino enamorados. Pero no hay duda que rechazar a un gran amador, que literalmente se desvive por darnos la dicha más suprema, es el más grande riesgo de la existencia humana.

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