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La razón de la vida
Eduardo Translateur
El Autor es Agrónomo Zamorano.

Cuando se pierde la razón de vivir, empieza el peligro para el ser humano. La vida en si misma tiene muchos sentidos y muchas razones para el individuo. Por su expresión, a veces ambigua, muchos hombres ven en la existencia un camino oscuro, desafiante, y tales hombres emprenden la marcha por ese camino para buscar las revelaciones de Dios, volviéndose místicos o extremadamente religiosos. Otros se convierten en poetas, los muchos escriben novelas y otros se vuelven a las artes plásticas; algunos enfrentan el desafío existencial convirtiéndose en actores de teatro. El camino más corto y más simple lo recorren los de carácter afable, simple, sencillo y tranquilo, que no tienen más vocación que la de vivir la vida diariamente, como ella venga al despuntar el día.

Ha una fuerte motivación que lleva a las personas a vivir la vida con una sensación de bienestar y un propósito de ser mejores, cada vez más, en su oficio, en su afán, en sus diarios quehaceres, y, por último, en su relacionamiento con los demás.

Si uno volviera la cabeza hacia atrás y se diera cuenta que se ha avanzado con felicidad, con integridad, con honestidad y sin haberle hecho daño a nadie, iría por más vida, por más razones para celebrar el hecho de estar vivo. Es preciso, es definitivamente necesario tener un sentido por el cual vivir. Muchas personas encuentran el sentido de su vida en la realización profesional o artística de sus hijos. Eso es muy bueno, desde luego. En una época en que no cabían las actitudes feministas en el mundo, las madres eran verdaderas hacedoras de hombres. No se postergaban a sí mismas, como se pretende hacer creer en éstos tiempos. Ocurría que sólo dedicaban más horas de su tiempo en quedarse en la casa para organizar las actividades de los chicos, dándoles responsabilidades, tareas y propósitos que los mantuvieran útiles y activos.

Muchas son las personas que no tienen precisamente, pero se complacen en hallar el sentido de su vida en ser felices, y siendo felices como son, levantan el ánimo a veces alicaído de los demás miembros de la familia e insuflan un bendito aire de alegría y optimismo a quienes las rodean.

La meta básica, elemental, es tener (si no se tiene aún ) una existencia digna, productiva, transparente, cultivando constantemente el espíritu y enriqueciendo nuestra alma con nobles obras. Ahora bien, no se puede negar, ni mucho menos, que hay muchas personas quienes por motivos varios han perdido la razón de su existencia. Se ufanan de lo que lograron sus antepasados, pero su actual leit-motif es pobre, vano y con muy pocos grados de cultura. Su vida es una permanente mentira de la que terminan completamente convencidos que son dueños de toda la verdad. Para ellos, no es tan fácil recobrar el sentido de la vida. Los sabios dicen que Dios llena todos los vacíos. A través de Dios, muchas existencias que han sido quebradas, resquebrajadas y torcidas, empiezan a erguirse, a recomponerse y a encontrar nuevamente gracia donde solamente se veía torcedura, ganas de hacer bien las cosas donde sólo había desaliento, y buen humor donde con anterioridad la desesperanza asomaba sus ojos tristes.

En el amor el individuo se completa. Muchas personas que han perdido a sus seres queridos y se han encontrado con sus días vacíos, ausentes, carentes de todo sentido u orientación, al volver a amar, volvieron, diríase, a respirar. Por lo demás, no se debería olvidar que uno es el artífice de su propio destino. No pueden ser tan injustos los dioses, para enviarle a uno rayos, tormentas y naufragios. Es del hombre con sentido común organizar sus días alrededor de su trabajo y de su familia. La meta no se renueva. Es una sola. El sentido de la vida que a veces parece abandonarnos y dejarnos a merced de las olas, nos busca durante toda nuestra existencia. Y eso es lo mejor.

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