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Se creen dioses
Joaquín Absalón Pastora
El autor es periodista

Creerse Dios se ha convertido en un símbolo común de la vanidad. Apelan a su majestad, por “charlatanería” o por el desmesurado afán de figurar. La usurpación parte tanto del hombre como de la institución.

Las iglesias —no sólo la católica— como instituciones se enaltecen tanto que a veces se sienten más trascendentes que los dioses invocados por ellas mismas. Se ponen totalmente encima del ser humano, hasta el colmo de menospreciar su ventura. Alguien decía a propósito de la proliferación de los curas pederastas: “no hay iglesia que valga más que la dignidad de un niño ultrajado”.

En lo que respecta al hombre, los hay padeciendo la misma flojera. Un medio hizo la gestión de entrevistar al publicitado “anticristo”, cuya probable visita a Nicaragua ha trastornado la estabilidad anímica de no pocos nicaragüenses. La respuesta recibida por el editor fue desconcertante: “Y cómo pretende usted entrevistarlo si él es Dios. Busque al Presidente de Estados Unidos o a cualquiera otra persona importante de la Tierra, pero no a la reencarnación del poder divino”. No cabía más que sorber con asombro la reacción del siervo.

Hace algunos años, con motivo de las defenestraciones que se pretendieron hacer contra las tradiciones religiosas, anduvo recorriendo Nicaragua “El Cristo de los Pobres”. Poseído por la absoluta seriedad, por su particular y acomodado evangelio, el nuevo mesías era mencionado con atisbos de credulidad en los medios de comunicación con afinidad al sistema de gobierno de la época. Eran los tiempos en que las teologías cruzaban espadas, la de la liberación y por supuesto la ancestral.

Actualmente vibra la algazara danzarina en sitios planificados para la exhibición de las verdaderas películas y no de la ficción religiosa llevadas a todo el volumen de los parlantes que sectas acostumbran a montar en esos locales, de los cuales se han apoderado, el mercantilismo y la explotación de la siempre usada ignorancia. Esta —desde tantos siglos atrás— parece ser la fuente inagotable de los amantes del alter ego.

Se les quiere poner como templos sagrados de Dios cuando en la realidad son la sede de la “histeria colectiva”, en las cuales la paz del vecino atormentado por el “ruidaje” vale un “cacahuate”. Y todo “en nombre del Señor”.

No pocas veces —y voy al canto de otro rollo— vinculado con el “rol” de los laicos, este origen hermoso, ajeno a los credos religiosos de los Estados, ha entrado en conflicto con el poder de la Iglesia.

El laicismo es una cultura en la que se esparce fluidamente la convivencia, la comprensión, la solidaridad entorno a la causa expuesta. Algunos laicos se han identificado tanto con los curas que hasta tienen el mismo estilo de hablar. Y no por revelar la imagen del “cura frustrado”. Pero la religión —ninguna de ellas— es el criterio o la norma para gobernar. La razón de Estado es una y el credo es otro. Sin embargo, tanto aquí como en otros países de América Latina hay mixtura de esos enredos.

Cada iglesia, por ello, incursionando en otras áreas, las terrenales, se cree dueña de la verdad absoluta, se cree Dios. No se resisten a la tentación de imponer su credo, aunque éste se repugne con la felicidad humana. No siendo el suscrito agnóstico, vale poner en las prioridades el bien común, privilegiar al ser y no poner tan estrictamente en la primera fila los criterios institucionales, aunque en la fácil recurrencia se diga que ellos son “la voz de Dios”.

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