Se sabía que estos Rangers del 2007, no eran aquel equipo que fue capaz de batear 260 jonrones hace dos años, para encabezar las Grandes Ligas.
De igual modo había consenso que en el staff difícilmente reuniría a un par de ganadores como lo fueron Rick Helling (20-7) y Aaron Sele (19-11) en la temporada de 1998.
Aun cuando había esperanzas en el trabajo de Eric Gagné y Akinori Otsuka en el bullpen, estábamos claros que ahí no había un John Wetterland, salvador de 42 juegos aquel año.
Sin embargo, nadie previó un desplome tan dramático como el que experimentan los Rangers, quienes han saltado de un tropiezo a otro en esta tormentosa temporada.
Un equipo con menos poder, optó por mejorar su velocidad, hizo algunos ajustes a su staff y contrató a un nuevo manager para explotar mejor su talento y mantenerse en la pelea.
Se pensó que la capacidad motivadora y la energía positiva de Ron Washington, era un buen primer paso. Pero después de mes y medio de acción, Washington está por enloquecer y los Rangers parece un caso ideal para un psicoanalista.
“Nada sale bien. Si se batea, no se lanza bien. Si se lanza bien, no se batea. Si se hacen ambas cosas, se cae la defensiva”, dijo con visible frustración el artillero Mark Teixeira.
Los Rangers han sido históricamente un equipo de bateo. Sus estadios han sido construidos bajo esa premisa, pero ahora su ataque se debilitó por razones de presupuesto y su pitcheo siguió siendo frágil.
Se pensó que en Kevin Millwood y Vicente Padilla, había dos seguros ganadores de 15 juegos, con más de 200 innings lanzados y 150 ponches, como lo hicieron el año pasado.
Pero entre ambos llevan 3-10, con Millwood en la lista de lesionados, mientras Bradon McCarthy, por quien entregaron a su mejor prospecto John Danks, tiene 3-4 y 6.81.
Michael Young, un bateador de 300 puntos y 200 hits al año, presenta .228 y su principal jonronero es Ian Kinsler con 10, mientras Sammy Sosa, sacado del olvido, tiene las cifras más respetables con 9 jonrones y 30 carreras empujadas.