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Oligarcas de piel morena

Que una persona discrimine a otra por razones de sexo, raza, color, afiliación política o estatus económico-social es, para la gran mayoría de la humanidad, censurable e indignante. Y, sin embargo, discriminadores sonaron tanto el secretario general de Anden y diputado, José Antonio Zepeda como el diputado Mario Valle, en contra del también diputado Alejandro Bolaños en una reciente entrevista televisiva. Según los dos primeros, Bolaños —por razón de su clase social— no tenía derecho a asistir a la celebración del 1 de mayo ni tampoco debía ni debe enarbolar la bandera de los trabajadores porque —dicen— nunca lo ha hecho antes y, además, no es “un trabajador” sino un empresario de piel blanca y ojos de color, que jamás se ha comido un plato de gallo pinto. Al principio, estos comentarios parecían un chiste de políticos pero en la medida que la conversación avanzaba se hizo evidente que tanto Zepeda como Valle hablaban en serio, lo cual —de ser así— sería preocupante y desconcertante. Preocupante porque estos diputados no parecen distinguir entre lo razonable y lo absurdo. Desconcertante porque —al oírles— dan la impresión de pensar que el hecho de haber nacido pobres, limpia todos sus motivos y les confiere algún tipo de superioridad ética. Pero la sinceridad y la honestidad no tienen absolutamente nada que ver con la apariencia física ni con el estatus social.

En vez de discriminar a una persona con recursos económicos porque se interesa en ayudar a los trabajadores, más bien hay que felicitarlo y animarlo a seguir haciéndolo. Desde luego que siempre existe la posibilidad de que al juzgar las acciones de otros, estemos proyectando lo que hay dentro de nosotros. En el evangelio según Lucas, se narra la conocida Parábola del Hijo Pródigo, el cual abandonó a su padre y se fue a derrochar su herencia con amigos. Después de un tiempo, el Hijo Pródigo volvió arrepentido a casa de su padre quien lo recibió generosamente. No obstante, el hermano mayor, el hijo “bueno”, el “trabajador” se negó a recibirlo porque, según él, su hermano había malgastado el dinero de su padre con rameras. Sin embargo, la historia deja claro que el hijo mayor no podía saber exactamente de qué manera su hermano había malgastado el dinero. ¿Cómo, pues, decía que había sido con rameras? Simplemente estaba proyectando lo que él habría hecho en el lugar de su hermano. ¿Harían Zepeda y Valle algo por los trabajadores si hubieran nacido en “cuna de oro”?

Lo cierto es que no hay nada que impida a un empresario o a un aristócrata involucrarse en obras que favorezcan a los más vulnerables y desfavorecidos de la sociedad. Es verdad que no es algo común pero precisamente por esto, la actitud de los que así proceden es más meritoria. Lo absolutamente inconcebible es que un trabajador de origen humilde, un sindicalista, alguien que no ha tenido poder ni fama ni fortuna, de repente —adoptando un rostro beatífico y conciliador— se ponga al lado del Estado-patrón en perjuicio de sus camaradas y, desde ahí, insista en convencerlos para que acepten menos de lo que ellos consideran como justo. Lo censurable es que los proletarios de ayer, los totalmente desposeídos de otra época, hoy desde las alturas del poder político —enriquecidos a causa de la corrupción y de la explotación del mismo pueblo que supuestamente defendían— vean a las masas de trabajadores con desprecio; se nieguen a hablar con ellos y traicionen la confianza que depositaron en su palabra. Lo verdaderamente “contra natura” es que quienes antes luchaban por las reivindicaciones de los trabajadores y todavía hacen discursos contra el imperialismo y contra los ricos, se movilicen ahora en vehículos de 90 mil dólares, vivan en mansiones por las que no pagaron, reciban rentas millonarias que no son el fruto del trabajo duro, del ahorro y del sacrificio de años y, a pesar de todo ello, griten a los cuatro vientos que sólo ellos tienen derecho a festejar el 1 de mayo. Tal demagogia no tiene parangón.

El pueblo nicaragüense ha madurado a fuerza de desencantos y sabe que sólo levantando su voz podrá ganar el respeto de los nuevos oligarcas que se esconden tras la piel morena y los discursos populistas.

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