El llamado “silencio diplomático” con el que el Vaticano tácitamente rechazó al doctor Álvaro Robelo como embajador de Nicaragua ante la Santa Sede, fue respondido con una pocas veces vista vulgar diatriba, por parte del polémico caballero en cuestión.
Eso todos lo sabemos. Y si hemos visto antes en acción al doctor Robelo, tampoco deberían extrañarnos las cosas que dice, lo asombroso ahora tal vez es la osadía de este personaje de decirlo contra el representante del Papa en el país y por ende contra el Papa y el Vaticano.
Pero eso, más allá del asombro, no tiene ningún efecto, al fin y al cabo, el doctor Robelo es responsable de sus acciones y sus decires; éste es un país libre (por el momento) y el señor tiene derecho a enemistarse con quien le dé la gana.
Lo que sí resulta tremendamente penoso, inverosímil y hasta peligroso para los intereses del país es el “torpe silencio”, por llamarlo de alguna manera, en que cayó la Cancillería de la República ante los ataques verbales de su designado contra un representante de otro Estado en nuestro país. Ataques por demás incoherentes, absurdos y antojadizos, ya que lo único que lo provocaron fue el rechazo de su candidatura, como que si era “a penca” que lo tenían que aceptar.
“No me voy a referir al tema” dijo tajantemente el Canciller Samuel Santos a los periodistas. Pero Santos, quien es un raro espécimen dentro del orteguismo porque se distingue por sus gustos refinados, elegantes costumbres y hablar suave y pausado, debió haber corrido a la Nunciatura a presentar personalmente las disculpas del Gobierno de Nicaragua ante la lastimosa actitud de Robelo, después de todo, éste era el señor que tanto él como el Presidente habían decidido que nos representaría en el Vaticano.
Y después de ofrecer dichas disculpas se debió haber dado a conocer a la ciudadanía y al resto del cuerpo diplomático, para por lo menos lavarnos un poquito la cara. Pero no. Hubo un torpe silencio que nos ha dejado a los nicaragüenses y al gobierno de Daniel Ortega en particular como una banda de vulgares, irrespetuosos que armamos un “berrinche” cuando no se hace lo que decimos y además el “berrinche” tiene el aval oficial.
Digo que tiene el aval oficial porque si el Silencio Diplomático se interpreta como una sutil manera de rechazar al candidato propuesto para embajador por parte del Estado al que se le ofrece, el torpe silencio del Canciller —y del Gobierno— es la ya no tan sutil aceptación de la diatriba de Robelo.
Este caso viene a coronar, de la manera más triste, la incapacidad que ha tenido este gobierno en el campo de las relaciones internacionales, donde ya ha propuesto para embajadores a por lo menos dos personas más con polémicos pasados.
Eso sin mencionar que ha demostrado una enorme capacidad para pelearse con cualquiera que no sea miembro del Alba. Aquí el Gobierno ha armado polémica con Costa Rica, Honduras, Colombia y Estados Unidos, sólo para mencionar algunos casos.
Las vulgaridades de Robelo son tonteras que en un par de días pasarán al olvido, pero la torpeza diplomática nos está llevando a un aislamiento que sólo daños nos puede causar.