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El catolicismo y el atraso en Latinoamérica

El Papa Benedicto XVI está en Brasil realizando su primera visita al continente americano desde que asumió la máxima jefatura de la Iglesia católica, hace dos años. La visita del Santo Padre a Brasil, que culmina mañana domingo después que inaugure la V Conferencia del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, ha estado envuelta en un gran fervor religioso y de mucho entusiasmo popular en toda América Latina, el continente donde según la información estadística habita más de la mitad de los católicos de todo el mundo.

Pero la visita de Benedicto XVI también ha estado signada por un negativo ambiente mediático, hostil inclusive, lo que en todo caso no es de ninguna manera sorprendente si se considera que en la actualidad para muchos sectores intelectuales lo “políticamente correcto” es atacar a la Iglesia católica y culparla de todos los males que se sufren en esta parte del mundo. Pero no es cierto que la religión católica sea la culpable de la situación de atraso y pobreza que prevalece en Latinoamérica; de la mala cultura de irresponsabilidad laboral, irrespeto a la palabra empeñada y a los contratos y dependencia de la dádiva externa. Como tampoco es verdad que las naciones anglosajonas de Estados Unidos y Canadá sean fuertes, ricas y desarrolladas porque fue la “ética protestante del capitalismo” la que hizo a la gente de esos países responsable y laboriosa.

En realidad, si fuese cierto que el atraso y la pobreza en América Latina se deben a la religión católica, entonces Chile —que fue conquistado y dominado por los españoles y abrazó el catolicismo igual que las demás naciones latinoamericanas— no habría podido alcanzar los niveles de desarrollo que ha conseguido hasta ahora. Ciertamente, para adelantarse en materia de desarrollo económico y prosperidad a los demás países latinoamericanos, Chile no dejó de ser católico. Como explica Andrés Oppenheimer en su libro Cuentos Chinos, el “milagro chileno” se debe a que en Chile la sociedad se fatigó de la política (más bien de la politiquería) y optó por la moderación y el pragmatismo; a que los chilenos de hoy dejaron de destruir lo que construyeron los chilenos de ayer; a que en Chile hay una izquierda inteligente y democrática que promueve la justicia social con el debido respeto a los derechos y las libertades individuales de todos los chilenos; porque crearon un clima de previsibilidad y seguridad jurídica que es imprescindible para captar inversiones extranjeras y financiar el desarrollo. Y cita Oppenheimer a la ex Canciller chilena, Soledad Alvear, quien le explicó que “el secreto chileno radica en la decisión de escoger un rumbo y mantenerlo (porque) no se puede reinventar, en cada gobierno, los objetivos estratégicos del país”.

Sin duda que la Iglesia católica, o más bien sus líderes y representantes, han cometido errores e incluso crímenes, como por ejemplo los de la inquisición. Pero eso no hace culpable a la Iglesia de los problemas económicos, sociales y políticos que agobian a América Latina. Más bien, la Iglesia católica siempre ha luchado por el mejoramiento económico y social de los pueblos latinoamericanos.

A la Iglesia católica como institución no se le puede culpar ni siquiera por los crímenes (por ejemplo los actos pederastas) cometidos por algunos sacerdotes), ni por los compromisos con políticos corruptos que establecen algunos prelados. Estas son sus culpas personales. Y en cuanto a sus errores institucionales cometidos por la Iglesia católica en el curso del devenir histórico, ya el Papa Juan Pablo II reconoció en el año 2000, que la santidad de la Iglesia no siempre se correspondió con la santidad en la Iglesia. Tanto en los discursos de Juan Pablo II con motivo del advenimiento del tercer milenio como en el documento oficial La Iglesia y las culpas del pasado, la Iglesia católica humildemente pidió perdón a la humanidad “por los pecados y errores cometidos por todos los cristianos a través de los tiempos”.

Cabe señalar, como contraste, que los representantes de los regímenes comunistas y revolucionarios —de los que ya desaparecieron y de los que existen ahora—, no se han arrepentido ni han pedido perdón por sus crímenes que han sido peores que los de la inquisición católica. Por el contrario, en vez de arrepentirse y pedir perdón están queriendo resucitar aquellos regímenes criminales ahora bajo la envoltura de “socialismo del siglo XXI”.

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