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Entre la utopía y la apatía
Salvador Montenegro Guillén
El autor es biólogo, profesor de la UNAN-Managua

Los territorios degradados vía deforestación y destrucción de suelos, son la contribución más visible de Nicaragua al desmejoramiento climático mundial, que resulta tan importante como nuestra creciente y humeante producción de emisiones de hidrocarburos. A escala mundial este tema ocupa la atención de los foros de mayor nivel, el Consejo de Seguridad de la ONU lo ha considerado una amenaza cierta a la seguridad mundial y lo están tomando muy en serio los gobiernos por el innegable impacto que está teniendo sobre el planeta, con consecuencias más devastadoras que cualquier guerra vista hasta hoy.

Las causas del empobrecimiento ambiental, social y económico del nicaragüense son las mismas que contribuyen al cambio climático negativo: Desertificación progresiva por cambio de uso de los suelos, quemas agrícolas, deforestación, erosión, uso de tóxicos agrícolas y plaguicidas, contaminación por aguas servidas, descontrol de desechos sólidos y desequilibrio ambiental. Estos son los mismos problemas que también degradan los recursos hídricos nacionales y que disminuyen las opciones de desarrollo para nuestro país.

El combate a la pobreza en Nicaragua ha sido escaparate de atracción para anteriores gobiernos y el declarado compromiso central para el presente. Sin embargo, resulta esencial entender que no es posible concebir programas de desarrollo social y económico serios sin la rehabilitación integral del ambiente. El valor estratégico que conlleva la corrección urgente en el mal uso de aguas, bosques y suelos, con vistas a su protección y aprovechamiento racional, está ligado a la visión política de desarrollo y bienestar humano sostenible. Nuestra contribución para revertir los daños mundiales en lo que nos toca y en lo que podemos, comienza aquí, en el terruño y pasa por reconstruir la relación población-naturaleza, con sabiduría y responsabilidad.

Aunque estemos sujetos a los severos impactos de la naturaleza de origen global que no controlamos, nuestra contribución local debe aportar soluciones urgentes y estratégicas que mejoren la situación social y el desarrollo económico como parte de la rehabilitación de los territorios, generando resultados positivos a partir del mismo esfuerzo e inversión. (Es una oferta de tres o más por el precio de uno).

Nicaragua es un país que consiste en veintiuna extensiones territoriales o cuencas hídricas. De ellas, la más grande (No. 69) contiene al Gran Lago Cocibolca, ahora objeto de la mayor atención pública por la extrema y conocida necesidad de acceder a sus recursos como vía de satisfacer no solamente las urgentes necesidades actuales de agua potable, sino para sustentar el desarrollo social y económico al que tenemos derecho los nicaragüenses.

La Declaración, ratificada por los 150 municipios de Amunic en 2002, Políticas de Aprovechamiento y Protección del Gran Lago Cocibolca, definió los usos óptimos para este lago: 1) Abastecimiento de agua potable para Nicaragua; 2) Irrigación de los mejores suelos cultivables del país; 3) Desarrollo del turismo; 4) Pesca artesanal y deportiva y 5) Foro de diversidad biológica. Luego, permitió proponerle al gobierno Bolaños y a la Asamblea Nacional, en 2003, la creación de una zona especial de desarrollo sostenible en dicha cuenca, para la prosperidad de los cincuenta municipios contenidos en ella. Esta iniciativa no prosperó hasta hoy y ha significado mantener la cabeza dentro del agujero, ignorando que el cielo ya se desploma sobre nosotros.

Hay riquezas que perdemos cada día en esta cuenca. Desde el Lago Cocibolca se descarga hacia el Caribe, en promedio, treinta y cinco millones de metros cúbicos de agua cada día del año (un metro cúbico contiene mil litros o cinco barriles). Si recibiéramos al menos un dólar por cada metro cúbico de esa agua, el ingreso económico sería formidable. Y, si en el resto del país pudiéramos acceder a esta agua, la pobreza quedaría eliminada. Cada día sin organizar el desarrollo social, económico y ambiental en esta cuenca (y en las otras veinte), equivale a continuar silbando en la oscuridad, ya que el deterioro general reduce la capacidad de producción de esta agua, en calidad y cantidad, esto sigue siendo la apatía.

El Corredor Desarrollo Sostenible de los Municipios en la Cuenca de los Grandes Lagos y el Río San Juan debe ser una instancia que coordine los esfuerzos de las agencias sectoriales del Estado, iniciativa privada y concejos municipales de desarrollo, conciliando iniciativas y promoviendo el desarrollo a partir de un plan de gestión, articulando los muchos vigores dispersos e iniciativas valiosas pero aún desencontradas. Esta sería la propuesta para eliminar la pobreza y el deterioro de la cuenca hídrica de los grandes lagos Xolotlán y Cocibolca y del río San Juan, recuperando progresivamente estadios con claro mejoramiento de aguas, suelos, bosques, traducidos en mejoramiento de la economía y de la calidad de vida nacional. Los beneficios serán directos, al aumentar la producción de agua y de mejor calidad, generación de productos forestales cultivados, agricultura orgánica, ganadería intensiva y otros usos compatibles de los suelos, e indirectos, por la venta internacional de servicios como la captura de carbono, incremento de posibilidades para el desarrollo turístico, recuperación de diversidad de flora y fauna por restitución del hábitat, entre otros. (Esta es la utopía).

El más importante producto: la restauración de la naturaleza destruida en Nicaragua, logrando retroceder a nivel local los procesos que causan el cambio climático global. Atreverse a adelantar y concretar esta utopía, ¿será disfrutado por nuestros hijos o la apatía inercial los condenará ?

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