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El escándalo en el Banco Mundial
Alberto L. Alemán Aguirre

La solución del escándalo que rodea al presidente del Banco Mundial podrá servir para una de dos cosas: será un ejemplo de consecuencia para una institución que vive exigiendo transparencia a los países a los cuales asiste, o bien, será otro ejemplo del doble rasero que muchas veces usan los países ricos.

El señor Paul Wolfowitz, un brillante académico neoconservador, ex número dos del Pentágono y cerebro de la guerra en Irak, es acusado de decidir un aumento de sueldo a su pareja, otra funcionaria del banco, traspasando las reglas éticas y administrativas internas.

Un panel investigador de la institución ha determinado que Wolfowitz quebrantó las reglas. Un informe ha sido entregado al consejo administrativo de la institución, aunque no ha sido hecho oficial, reportan medios como The New York Times y AFP. El BM ha dado una semana más al Presidente para que responda.

El máximo responsable del BM niega que haya actuado mal y aseguró que el comité de ética interno aprobó que su novia, Shaha Riza, recibiese un jugoso aumento antes de ser transferida al Departamento de Estado. Sin embargo, el comité rechaza esas afirmaciones y algunos testimonios internos le contradicen. El escándalo de nepotismo ya forzó la renuncia de uno de los asesores más cercanos del Presidente.

Quede formalmente establecido — gracias quizás a algún arreglo diplomático entre los europeos y Estados Unidos, principales accionistas del BM — de que Wolfowitz no violó las reglas, o no, su credibilidad y la del banco mismo quedarán severamente dañadas.

Asimismo el asunto supondrá un obstáculo para la efectividad de la misión del organismo. Él será un “lame duck”, como decía ayer un editorial del Financial Times británico, el cual aseveró que “en un determinado momento, incluso una única superpotencia debe reconocer la realidad”.

Los europeos —que aportan el 60 por ciento de los fondos del BM— quieren su renuncia, pero Washington aún le defiende.

Como sea, es muy llamativo que alguien en la posición de Wolfowitz decida un aumento para una colega funcionaria que, ¡ah, vaya!, es su novia.

¿Hubiesen sido tratadas del mismo modo otras eficientes expertas del BM que no tienen ese vínculo privilegiado en otros casos parecidos? Es una buena pregunta.

¿Cómo piensan Wolfowitz y la administración estadounidense, que seguirán exigiendo transparencia y honestidad a los países en desarrollo afectados por la corrupción? Porque la semilla de la duda ha quedado bien plantada, aun si el primero saliera bien librado .

Junto a la lucha contra la pobreza en África, el combate contra la corrupción ha sido justamente una de las principales banderas del presidente Wolfowitz.

No son pocas las pifias e inconsecuencias de las políticas de organizaciones como el BM.

Recordemos el caso de aquel flamante asesor técnico de Arnoldo Alemán, Luis Durán, que ganaba casi 30 mil dólares al mes por combatir la pobreza. En lo que fue más efectivo fue en acabar con la pobreza propia.

Y cómo no mencionar los millones de dólares desperdiciados en el proyecto de las aseguradoras de pensiones, que únicamente sirvió para mantener a un grupo de burócratas con sueldos exorbitantes.

Es cierto que en el caso contra Wolfowitz existen animosidades viejas. Su llegada no fue bienvenida por los europeos al comienzo. Se cuestionaba que un partidario tan declarado del unilateralismo estadounidense fuese idóneo para el BM. Muchos no le perdonan su papel en la guerra en Irak. El asunto del aumento para su novia ha dado una buena oportunidad para cobrárselo.

Los países ricos pregonan el libre comercio, pero dan obscenos subsidios a sus productores, que representan una competencia injusta para los países del Sur.

EE.UU. y Europa hablan de los derechos humanos, pero allí están Guantánamo y Chechenia.

El nepotismo es una de las prácticas de los regímenes corruptos que abundan en el Tercer Mundo. ¿Cómo sermonear y demandar cuando no se predica con el ejemplo? Y la mujer del césar no solamente debe ser virtuosa, sino que también debe aparentarlo.

La credibilidad del Banco Mundial está en juego.

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