Ya se desvanecieron las columnas de humo que levantaron las expectaciones alrededor de Mayweather-De La Hoya en Las Vegas y sólo nos quedan esas imágenes que no serán perdurables por la falta de fuego y candela en el tan promocionado combate.
El boxeo, un deporte cobijado de sangre, sudor y lágrimas, es violento por su naturaleza. El espectáculo —como en la época de los gladiadores—, exige cortes, caídas, sufrimiento, agonía. Los rugidos de ¡Mátalo!, provocan una excitación escalofriante. La arena disfruta con demostraciones de salvajismo puro, como Argüello-Pryor, Alí-Frazier, Hearns-Leonard, Chionoi-Alacrán, Coloradito-Chacón, Marciano-Walcott.
Floyd Mayweather no pertenece a “esa clase” de fieras y todavía no ha encontrado un rival que lo obligue a pelear con el corazón abierto y los pulmones gimiendo, como tantas veces lo hizo Ray “Sugar” Robinson.
Pese a lamentar que la pelea del sábado careció de la espectacularidad deseada, fue interesante por su sostenido accionar y una gama de matices que permiten sumergirnos en diferentes enfoques.
Al día siguiente —vía traduccione—, leí a Tim Smith y Michael Katz, a Chuck Johnson, Doug Fischer y Steve Kim, a David Faitelsson y Chú García, a Steve Farhood y Nigel Collins. Todos ellos con amplia experiencia en la cobertura y calificación de peleas de Campeonato Mundial, con un respeto construido para hacer valer sus opiniones. Y coincidieron en la legitimidad del triunfo de Mayweather y que fue una buena pelea.
¿Cuál es la resultante, si dos púgiles tan altamente valorados, tratan de manejar en la complicadísima geometría del cuadrilátero, ángulos, distancias, cambios de ritmo, bloqueos, contragolpes y amagues, en busca de hacer prevalecer sus recursos boxísticos? Un buen combate.
Cierto, el público quiere máxima violencia, ver caer dentaduras, hincharse los pómulos, las cejas sangrantes, los púgiles tambaleándose, pero eso no ocurrió, como en aquellos cierres Castillo-Corrales, De La Hoya-Quartey, Chávez-Taylor.
Claro, Mayweather no corrió, pero supo desgastar a De la Hoya con sus movimientos de cintura, encaje de golpes con los hombros, flexibilidad de su cuello, rapidez de reflejos, oficio en las sogas y salidas disparando.
De La Hoya, muy bien preparado, puso toda la presión posible empujando la pelea en todas las circunstancias, pero frente a un blanco tan difícil, falló mucho y fue perdiendo consistencia, algo que no pasó con Mosley, pero hace tanto tiempo.
Oscar buscó y buscó como conectar con firmeza, lográndolo sólo ocasionalmente. Se vio menos preciso que con Pernell Whitaeker, por culpa de la movilidad de Mayweather.
Una pelea limpia, de pocos amarres, con preferencia por el centro del ring y Mayweather “toreando” con habilidad el superior poder de Oscar y reteniendo su invicto en 38 combates.
Todos quisiéramos ver a Mayweather colocando un extra de salsa jalapeña en sus peleas y necesitando oxígeno, pero para que eso ocurra, alguien tiene que obligarlo. Y ese alguien, no ha aparecido.