Aún sin llegar a tener la presencia intimidante de Rich Gossage, una recta tan poderosa como la de Rob Dibble o la habilidad para alterar velocidades de Trevor Hoffman, Mariano Rivera se ha convertido en el más consistente y confiable relevista que ha tenido el beisbol de Grandes Ligas.
Pero de repente hay que cruzar los dedos, incluso con él, mientras batalla para rematar oponentes, con estos Yanquis de pitcheo maltrecho y deficiente.
Mariano no logró establecerse como abridor al inicio de su carrera, pero su traslado al bullpen en 1996, resultó una genialidad. Y cuando John Wetteland se fue a Texas para 1997, nadie lo extrañó. Rivera tomó la estafeta.
A partir de entonces, la preocupación de los Yanquis era arreglárselas para llegar hasta Mariano. Él se encargaría de los demás.
Y lo vimos construir una sólida carrera que indiscutiblemente debe llevarlo directo al Salón de la Fama del Beisbol. Pero demostrando que es humano, ha iniciado de manera inconsistente esta campaña.
Después de sus primeras 12 salidas, Rivera tiene 1-3 y 8.44, con 3 salvados y dos chances de rescate echados a perder, mientras los rivales le batean para .318.
El lunes por la noche, el artillero de Seattle, Adrián Beltré le disparó un jonrón. Es el segundo que permite este año. Quizá no sea una cifra para alarmarse, pero en los últimos cinco años, no ha cedido más de tres.
El año pasado, al cerrar abril tenía 0-2, 4 salvados y dos oportunidades desperdiciadas, pero fue tan consistente a través de la campaña que sólo falló una vez más y cerró con 34 rescates.
Rivera tiene 37 años y un ritmo de trabajo muy fuerte en las Mayores, pero uno se resiste a crecer que de modo repentino se le haya acabado el gas.
A esta temporada le falta un buen trecho y veremos si el panameño es capaz de volver a mostrar la consistencia que lo ha convertido en el mejor de siempre.