¿Qué tan frustrados nos sentimos revisando las imágenes de lo ocurrido en el ring del MGM entre el invencible Floyd Mayweather y Oscar De la Hoya? No deberíamos estarlo, porque lo visto, entró en el territorio de lo sospechado.
Es por esa razón que la gran duda previa frente a tanta expectación, fue en todo instante: ¿Qué tan excitante será éste combate? Cuestión de estilos, podríamos decir. Se necesitaba aquel De la Hoya que vimos contra Ike Qurtey, Fernando Vargas y Oba Carr, para obligar a Mayweather a una pelea huracanada, riesgosa, electrizante.
Ese Oscar, ya no existe y Mayweather trabaja por resultados, no por levantar el voltaje de las tribunas. Eso lo hace muy diferente a lo que fueron maestros de la esgrima entre las cuerdas, como Robinson y Leonard.
Nunca llegará a ser comparable con ellos. No ha sobrevivido a cortes ni caídas. El mundo no lo ha visto salir de las brasas y proyectarse espectacularmente hacia victorias épicas, como lo han hecho todos los grandes.
¿Qué esperábamos? Ver a Oscar, siendo más fuerte y dueño de una izquierda muy rápida y efectiva, colocando una gran presión sobre Mayweather sin importar las dificultades.
Eso no ocurrió porque De la Hoya quiso asegurar golpes sin poder lograrlo, y cuando fallaba, prefirió regresar a buscar espacio para modificar ángulos y controlar así, un impulso que podría desgastarlo físicamente si no lograba ajustes.
¿Y qué hizo Mayweather? Sin utilizar sus ágiles piernas para realizar una pelea elusiva, como se temía, se mostró cautelosamente atento a los movimientos del adversario, interesado en contabilizar golpes llegados, preocupado por evitar castigo, nada atraído hacia peligrosos cambios de metralla, y listo para enfriar lo más pronto posible el calor de Oscar, cuando éste se hiciera sentir.
Finalmente, salió ileso, como De la Hoya.
Y cuando ocurre esto después de 36 minutos de batallar, tiempo lo suficientemente amplio para morir y renacer cuando se busca la victoria con el corazón en los dientes, es porque el accionar no ha respondido a las expectativas cultivadas.
El boxeo es para hombres que aún cobrando fortunas, se sientan comprometidos con “ser más grandes”, como Mike Tyson y Evander Holyfield aquella noche de 1996, sacándose chispas en ese mismo escenario, Leonard fajándose con Tommie Hearns, o Alexis Argüello retando el poder de Aaron Pryor.
De la Hoya y Mayweather salieron a buscar la victoria, interesados en recortar los riesgos, y eso fue frustrante.
Cada vez que Floyd fue llevado a las sogas, congelaba la furia del rival mostrando su resistencia y sus recursos sin perder claridad, y De la Hoya no fue el atacador frenético, capaz de desarrollar una ofensiva de 14 golpes como lo hizo con Vargas, o el insistente manejador de un jab de izquierda amenazante, como lo vimos con el dificilísimo Pernell Whitaeker.
Comenzaron calentándose y terminaron enfriándose. ¿En qué momento trataron de alcanzar un punto de ebullición? Imposible percatarse de eso, porque a ratos, ellos parecieron estarse moviendo sobre un gigantesco tablero, como piezas de ajedrez.
Sí fue una pelea interesante, por su planteo, su desarrollo, lo especulativo, la intrigante marcha de las tarjetas, la conservación de energías, el aprovechamiento de momentos, pero no era eso lo prometido y por supuesto, lo esperado.
La decisión, sin tener que refugiarnos en los datos ofrecidos por la computadora, claramente ventajosos para Mayweather, debió ser unánime, y la tarjeta más precisa, parece ser la de Jerry Roth, 115-113 a favor de Floyd.
Pasado mañana, lo único recordable, será el estrepitoso ruido que provocó la promoción de este combate.