El asunto de la palabra “compañero”, con arroba al final, es de la sola incumbencia del círculo selecto de un sector de los funcionarios públicos y por ende no tiene trascendencia porque no incide en el idioma castellano que sí está amenazado por la aculturación globalizada por medio de la lengua inglesa.
Por otra parte, el término compañero, al que no falta quien le tenga aprensión por la supuesta carga ideológica que pueda encerrar, en realidad es un término de hondo contenido humano y social, evoca un sentimiento de afecto y de solidaridad profundo, que no es sólo de palabra sino emotivo, humano (como ya se ha señalado en otros artículos publicados en estas mismas páginas), al igual que “camarada”, los cuales se alternan según el país. En este sentido, hay compañeros (con arroba) de clase (condiscípulos), de trabajo, de tragos, de viaje (tontos útiles), de vida (parejas), de picardías (compinches), etcétera. No hay que perder de vista que la palabra compañero o camarada en Nicaragua ya no revela ninguna ideología en la actualidad. ¿Cuál es la ideología del FSLN? ¿O de cualquier otro partido nacional hoy en día?
Por lo demás, las palabras no tienen dueños, no son propiedad privada de ningún partido político, secta, grupo ni de nadie en particular (¿dónde quedaría la libertad individual? Hay miembros de agrupaciones que se llaman hermanos entre sí, pero no son usos exclusivos. Es claro que aquí entran en juego los temores, los prejuicios, lo tabúes, etc. Depende de la connotación y de la intención que tengan los que usan los vocablos, pero cada quien tiene la libertad de utilizarlos o no.
Lo pernicioso en esta materia es que revela la forma de gestión de los que están a cargo del gobierno actual de este país, que continúan con la técnica desfasada de los años ochenta (al estilo del libro 1984, de George Orwell, escritor británico nacido en la India en 1903 y fallecido en Londres en 1950), de tratar de manipular a las masas mediante palabras, frases e imágenes, pues trae a la mente aquello de “por el bien de todos”, “ojos y oídos de la revolución”, “los mimados de la revolución”, lo cual —junto con el cambio sicodélico del escudo de la República— deja al descubierto no sólo el cambio cosmético con que se quiere cubrir la realidad sino que todavía la máxima autoridad de la nación sigue pensando que los cambios que necesita el pueblo se pueden efectuar por medio de decretos, de palabras, frases, dibujos y siluetas, creyendo que cambiándole el nombre a los edificios, a las instituciones, cambiando de colores y todas esas cosas van a resolver los ingentes problemas de la nación.
Pero lo más grave aún es que la población se enfrasca en discusiones estériles y la llamada oposición política se enreda en temas de cuarto y quinto orden, mientras en la oscuridad del sigilo, la secretividad y la clandestinidad (al buen estilo de los setenta y los ochenta) el Gobierno fragua medidas que afectan a toda la ciudadanía y presagian nubes tenebrosas como en la década perdida, y si los partidos políticos y el pueblo mayoritario lo permiten toda esa racha se vendrá encima indeteniblemente.
Por lo tanto, aquí no se trata de descansar sólo en los actuales partidos de oposición, sino también en la gente sin partido que tiene que asumir la responsabilidad histórica de organizarse cívica y políticamente —y de cualquier forma— para hacerle frente a la avalancha en ciernes en contra de la esencia fundamental de las libertades individuales y colectivas y del sistema democrático que apenas ha comenzado a dar sus primeros pasos.
Es un desafío a la creatividad participativa en cuestiones cruciales que le conciernen a todos los ciudadanos.