Los maestros en huelga de hambre empezaron a dar muestras de deterioro este domingo. Vómitos, mareos, dolor de cabeza, confusión y debilidad, son algunos de los síntomas que experimentaron tras su tercer día de ayuno, en protesta por el aumento insuficiente de salario con respecto a lo acordad con el Gobierno.
La huelga es estrictamente de hambre, ya que decidieron ingerir líquidos por recomendación de los paramédicos de la Cruz Roja Nicaragüense, para evitar el rápido deterioro de algunos de sus órganos.
Agua, suero y Gatorade es todo lo que consumen. A este ritmo un ser humano puede vivir durante 40 días, pero las probabilidades se reducen a menos de la mitad, 16 ó 17 días, en dependencia de cada organismo.
La Cruz Roja también les recomendó tomar pastillas de alumín, para reducir los efectos colaterales del hambre en sus sistemas digestivos.
Los dolores de estómago y cabeza también persisten en los profesores. Ayer todavía se mostraban con energía, aunque confesaron todos sus males, desde las ganas de estar acostados hasta afectaciones en la presión, pero sus vidas no estaban comprometidas todavía.
Se trata de maestros que no ganan suficiente para que sus propios hijos vayan a clases. Dos madres solteras y un joven profesor que vive de la caridad en Managua para pagar la comida que fían sus padres en Niquinohomo.
Alba Luz Salgado, Yadira Cisneros y Álvaro Pavón, son tres de los siete educadores que intentan convencer al Gobierno de que el aumento de salario acordado era de 540 córdobas y no de 308, como en la práctica.
Acostada sobre dos escritorios unidos que le sirven de cama en el Instituto Miguel de Cervantes Saavedra, Salgado le suplica a otro Saavedra, el presidente Daniel Ortega, que resuelva la situación sin miramientos políticos, ya que ellos son los mismos que protestaron contra los antiguos presidentes cuando tomaban medidas que les afectaban.
La súplica de Salgado es tan desesperada como la decisión de irse a huelga de hambre, al ver que ninguno de sus hijos pudo seguir estudiando después del bachillerato.
Los 2,400 córdobas que gana no le ajustan para la universidad de sus hijos, de modo que uno tuvo que ir a trabajar a la zona franca y el otro trabaja de domingo a viernes cargando sacos en el Mercado Oriental. Su otra hija tampoco continuó sus estudios y terminó casándose.
“Uno como profesor quiere que sus hijos se eduquen, pero no tengo la oportunidad de darles eso... No eran esas mis expectativas, pero es tanta la crisis económica...”, comenta apesarada Salgado.
Pavón se graduó como licenciado en Matemáticas y Ciencias, en la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua (UNAN), con la certeza de que sólo la educación lo sacaría de la pobreza extrema, pero el resultado fue exactamente lo contrario. Le duele tener un hermano que no puede estudiar.
“Yo soy maestro, estudié para eso, en el Instituto Primero de Mayo me contrataron como maestro, pero me pusieron como inspector. Yo ganaba el salario mínimo de dos mil 294 córdobas como maestro, pero después me pusieron como inspector y ahora gano mil 819, con esto nadie vive, es ilegal porque a un trabajador no le pueden bajar el salario, metí mi caso a reclamo pero no me resuelven”, comenta el profesor con amargura.
Ser soltero no es una ventaja para Pavón. Su salario no le alcanza para que su hermano menor vaya a clases. Su papá no tiene empleo y su mamá consigue dinero cuando realiza labores domésticas ajenas.
De no ser porque un amigo le ayuda con casa y comida, el profesor no tendría dinero para pagar cada mes lo que sus padres sacan al fiado para comer en una venta de Niquinohomo.
Quien mejor gana de los tres maestros en huelga es Cisneros. Obtiene casi tres mil córdobas al mes. Con eso puede comprar una canasta básica “oficial”, aunque tendría que elegir entre comprar el queso o el pan.
Su hija está en la universidad gracias a un empleo que consiguió después de cumplir los 18 años de edad. Aún así, Cisneros asegura que se mantienen con las remesas que sus familiares les envían desde Estados Unidos, porque de lo contrario apenas sobrevivirían.
Pero lo más dramático no es que Salgado haya enfrentado problemas de migraña y de la presión, Pavón esté dando muestras de perder la memoria, y Cisneros no pare de vomitar.
“Lo peor es que éramos los más aptos para enfrentar esta huelga, no tenemos hijos pequeños como los demás profesores, y algunos ya estábamos acostumbrados al hambre porque hemos trabajado tres turnos para ganar un poquito más”, asegura Salgado, bajo la fotografía del profesor Alejandro Narváez, un educador famoso porque daba clases en los turnos diurno, vespertino, nocturno, sabatino y dominical, para mantener a su familia, y quien murió en 2004, víctima de un derrame cerebral.