Estaba sentado junto a la puerta de su casa, viendo caer la tarde, cuando llegué a conocerlo. Lo primero que me impresionó fue su perfecta nariz aguileña. Alejandro César Robelo, “Pinocho”, me llevó hasta el decano de nuestras glorias beisboleras: Agustín Castro Flores. En efecto, tiene 98 años: nació el 5 de febrero de 1909 en Masaya —donde ha vivido siempre— y conserva una increíble lucidez.
Habla con firmeza y al ritmo de su sentimiento. Se queja de las autoridades y de la escasa pensión que recibe, pero se muestra agradecido con Bayardo Cuadra, Tito Rondón y Julio C. Miranda Aguilar. Los tres han valorado su trayectoria. Sin embargo, aún no ingresa al local Salón de la Fama.
Líder de bateo en 1931
Agustín lo merece. Y pronto. Brilló en el San Fernando desde los últimos años veinte. Obtuvo el liderato de bateo en la serie final de la primera liga posterremoto del Pacífico, en 1931, con promedio de .333, seguido del “Chino” Meléndez, del Bóer. Se incorporó al poderoso Esfinge, formado con peloteros de Masaya y Granada, y jugó contra el Cueto Cubs. El 12 de marzo de 1933, desde el center fielder, realizó la hazaña de poner fuera en home a un cubiche: José “Cheo” Ramos dio su nombre, equivocado, el “Kaiser” (1960); pero Tito Rondón descubrió que se trataba de un tal Zarza.
Igualmente, sobresalió en la gira invicta del Esfinge a Guatemala y El Salvador en 1934 (16 juegos ganados fue el récord). Acabo de verlo en una fotografía del conjunto, que publicó la primera página del diario La Noticia, tomada en la estación ferrocarrilera de Managua. Agustín y sus compañeros fueron recibidos triunfalmente en Masaya y en Granada, donde lo esperaban casi unos cinco mil fanáticos con marchas, pólvora y gritos jubilosos. Un arco de flores les daba la bienvenida en el puente de los Dardanelos de la calle Atravesada, un tedeum en la capilla de María Auxiliadora y un banquete de 150 cubiertos en el restaurante San Francis, situado en la calle real de Jalteva.
Agustín se había consagrado muy joven al ejecutar un triple play como short stop del Nicaragua, en Nindirí. Saltando, capturó una contundente línea, impidiendo un extrabase y él mismo pisó la segunda y completó su ejecución en tercera, pues los costales estaban llenos.
“No se enseña a jugar beisbol” —declara—. “Un hombre lento no puede convertirse en veloz. Uno ya trae cualidades naturales”. Y agrega que su batazo más espectacular —no obstante su baja altura y escaso peso— se lo conectó a Juan Manuel Vallecillo “Jagüita”: un jonrón desde luego. La pelota salió del estadio de “La Peni”. Nunca se había visto algo similar —le aseguró su compañero de equipo Goyito González—.
“Nadie ha superado al Chino”
Agustín Castro es una reliquia viviente. Y no sólo de nuestro beisbol de hace setenta años. También de la solidaridad gremial al fundar la “Cruzada Deportiva Alfonso Noguera El Serpentinero Solórzano”, uno de los grandes lanzadores de Nicaragua y Masaya como él. “¿Mejor que el Chino?”. Y confirma: “Nadie ha superado al Chino. Ningún otro pitcher ha sorprendido a tantos corredores en las bases. Además, cubría más terreno que ningún otro y era un gran bateador y corredor”.
Como los beisboleros de su época, Castro admira a otro gigante: Paco Soriano. “Tuve el honor de conseguir el ataúd para su entierro” —revela con orgullo—. Entonces era presidente de la Cruz Roja de su ciudad natal. Agustín se enorgullece de otra empresa altruista: la fundación de un asilo de ancianos. “Sol de la Tarde” se llamaba. No permitía que un adulto mayor anduviese en las calles mendigando. El pueblo de Masaya apoyó su iniciativa. En el mercado le proveían de carne y aguardiente para que no faltase sopa ni guarito a su asilo.
Agustín fue petenista, es decir, miembro del Partido Trabajador Nicaragüense, fundado en 1931. Tres años después, asistía en Masaya a una sesión; en la reseña de Carlos Pérez Bermúdez (por cierto vinculado al beisbol) y Onofre Guevara sobre el PTN, figura como tal, en compañía de otro beisbolista de la época: el granadino Emilio “Chacoteo” Álvarez. Asimismo firmó el 12 de octubre de 1941 el documento creador de “Fuerza Obrera”, organización local de Masaya.
En su vida laboral se desempeñó como honesto y consumado zapatero. “La Moda Elegante” era el nombre de su taller, visitado por Roberto Clemente y otros famosos peloteros en 1972. Su lema era: “Calzado de alta calidad: mejor presentación, mayor duración”. Y fabricaba zapatos ortopédicos. A raíz del último terremoto de Managua, canceló un crédito que le había otorgado —mucho antes del sismo— don Salomón Zarruck, entonces trasladado a Honduras. “No sería Agustín Castro, si no lo hubiera hecho”, confesó.
Castro también me ha impresionado por sus opiniones políticas. Está al tanto de la actuación de líderes, gobernantes y purpurados. Casi llegando a los 100 años, resiente la inmoralidad de los aludidos, cuyos nombres no es necesario referir. Me parece escuchar a un militante obrero, a un intelectual autodidacta; de hecho, lo fue. Organizaba veladas en el Instituto Carlos Vega Bolaños de Masaya, donde lucía su oratoria y la orquesta de Ramiro Vega era infaltable.
Aparte de poesías, escribía artículos de opinión y algunos de índole deportiva. Al final de su vida consignó muchos de sus recuerdos y una reseña histórica de su entrañable San Fernando, dirigida al periodista William Ramírez, de grata memoria.
Agustín evoca con emoción los trenes deportivos de veinte vagones, conduciendo a la jubilosa fanaticada fernandina hacia Managua o Granada. Habla con el alma y lleva la frente muy en alto. Evoca a su madre y su herencia sagrada: la honradez. Merece —reitero— ingresar a nuestro Salón de la Fama.