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El mandato del amor
Neguib Kalil EslaquitEl autor es sacerdote católico.

En el Evangelio de San Juan, 13, 34-35, Jesús nos da un mandamiento: “Les doy un mandamiento nuevo: Que se amen los unos a los otros. Ustedes deben amarse unos a otros como yo los he amado. En esto reconocerán todos que son mis discípulos, en que se aman unos a otros”.

Y Jesús, indica claramente: “Este es mi mandamiento”. No expresa: “Estos son los mandamientos”. Es un mandado que viene de parte de Él, y que debemos cumplir no a la usanza del antiguo testamento, porque así se ordena, sino que lo debemos vivir por amor.

No es cualquier amor, sino un amor como el de Jesús, que nos ha amado hasta el extremo y quiere que luchemos por conseguir ese amor perfecto, que va más allá de lo normal, de lo que podamos pensar, o podamos escuchar en los slogans publicitarios.

El amor de Jesús no es un sentimiento, sino un compromiso radical de cumplir con la voluntad de Dios.

En el amar a Dios sobre todas las cosas y sobre todas las personas está la base de la felicidad del ser humano, pues hemos sido creados a su imagen y semejanza, y nuestro destino es el amar y ser amados.

El amarnos a nosotros mismos, sin ningún tipo de narcisismo, sino un sentirnos liberados de complejos de culpas y de telarañas mentales que nos impiden nuestro crecimiento personal, evitando realizar todas aquellas cosas que hacen que nuestra vida se vaya llenando de baratijas espirituales dejando a un lado la perla preciosa que es Cristo, vendiendo la salvación de nuestra alma por espejismos que más temprano que tarde, comprenderemos, que son solamente eso, basura, comparado con la alegría de saberse hijo de Dios, y trabajador en la viña del Señor por un mundo mejor.

El amor al prójimo está claramente descrito en el Evangelio de San Mateo 25, 37: “Cualquier cosa que hagan con uno de los más pequeños a mí, la han hecho… cuando tuve hambre, sed, estaba enfermo, fui forastero, estaba desnudo o en la cárcel y me ayudaron”.

El amor a la creación es parte de ese amor de Jesús: a nuestro mundo (a nuestros lagos, a nuestros ríos, a nuestras selvas y montañas, a la fauna y a la flora), hoy tan amenazado por las múltiples catástrofes ambientales, que aún estamos a tiempo de corregir, y que se agravan poniendo en peligro no solamente los recursos naturales de nuestro planeta, sino que amenazan la misma vida del hombre, consecuencia de la codicia desmedida de aquellos, que sin importarles en lo más mínimo, ni el mundo, ni el prójimo, solamente piensan en su lucro personal.

Un discípulo, es aquel que se sienta a los pies del maestro para escuchar e instruirse de él y poner en práctica lo aprendido. El verdadero discípulo del Señor, puede ser reconocido fácilmente, no tanto por su manera de hablar, o de escribir, o de exponer los temas, sino sobre todo, en la forma como ama. “En esto los reconocerán, en que se aman unos a otros”.

Nos llamamos cristianos, nuestros registros de bautismos están llenos de inscripciones, y eso es bueno. Pero no basta. Es necesario que nos amemos los unos a los otros, demoliendo con el arma poderosa del amor de Cristo que es la solidaridad, y luchando contra el pecado del que abusa de los demás, para derribar los muros de insensibilidad que han hecho impermeables los corazones de millones, ante el sufrimiento y desesperanza de las inmensas mayorías.

¿De verdad nos reconocen como discípulos del Señor?

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