Managua
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06.05.07
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Noticias >> Nuestra Gente
El maestro emérito Harvey Wells Moller. (LA PRENSA/R. ORTEGA)
Harvey Wells II: “Los valores están en vía de extinción”
Harvey Wells es maestro de generaciones. Comenzó a ejercer el magisterio desde 1949 en Jinotega, y durante cerca de 50 años de profesión, ha ocupado importantes cargos dentro del sistema de educación pública. En la década de 1980 fue director departamental de Educación en Jinotega. Dice que la educación actual “ha descendido enormemente en calidad puramente instructiva” y atraviesa una crisis de valores
Mario Fulvio Espinosa
magazine@laprensa.com.ni
Brevísima biografía

Harvey Wells comenzó a ejercer el magisterio el 13 de junio de 1949 en el Colegio San Luis, de Jinotega, fundado por el ilustre sacerdote Mamerto Martínez. Después fue nombrado maestro de cuarto grado en la Escuela Simón Bolívar. “Ahí seguí aprendiendo para ser maestro”.

En 1956 formó parte del Servicio Cooperativo Interamericano de Educación Pública, tarea que lo llevó a dar clases demostrativas en Condega, Somoto, San Isidro, Santa Cruz, Llano de la Cruz y Jinotega. Al finalizar ese periplo fue becado para recibir cursos metodológicos en Maine, Estados Unidos, “que aproveché para hacer otros cursos colaterales sobre Historia del Arte y Pintura”.

Fue profesor de la Escuela Normal de Estelí y más tarde de la Normal Central de Managua. “A la muerte de mi padre regresé a Jinotega para acompañar a mi madre que quedaba sola. Me dieron trabajo en el Instituto Nocturno, luego en el Benjamín Zeledón, y después en el Colegio La Salle”.

En los años ochenta fue nombrado director departamental de Educación, desempeñando un notable papel en el rescate y nivelación de los alumnos de primaria que por diferentes razones no participaron en la Campaña de Alfabetización.

Director durante 17 años de la Normal, ha recibido numerosos honores y reconocimientos, como el haber sido seleccionado como uno de los ciudadanos más notables de Jinotega.

Después de 50 años de fecunda vida magisterial, fue jubilado casi a la fuerza con “una porquería de pensión”. “Como no quería ser considerado un chunche inservible, me dediqué a pintar comales, a trabajar con cinco variedades de arcilla y a crear tarjetas postales con paisajes de mi amada Jinotega. Con esto he descubierto dos cosas, que no estoy solo, que tengo una compañía que se llama trabajo, y la otra es que me siento feliz y en paz conmigo mismo”.

¿Valores..? ¿Qué es eso?

Creo que los valores básicos, los más importantes, han desaparecido o están en vías de extinción. Casi habría que conformar una comisión para salvar los valores, porque la honradez, el honrar la palabra, la sinceridad, la veracidad, parecen cosas que nunca existieron.

Ha abandonado la mesa que le sirve de escritorio-taller y nos tiende la mano. Es reconfortante conversar con este maestro que sin aires de erudito sabe explicar su verdad sin pretensión de imponerla. Maestro —le digo—, este oficio de periodista tiene la maravillosa compensación de convertirme en alumno de las personas que quedan a mi alcance, puesto que todas ellas saben algo que yo ignoro y que pueden enseñarme... Y la ventaja es que es gratis.

Ríe a carcajadas y comenzamos a esa hora a elegir un tema. Sugiere que sea el de la educación y sus valores, porque si bien se aprueba un cambio en el sistema educativo, es poco lo que se dice en cuanto al contenido o fondo de la nueva enseñanza. Sobre ese estrato él tiene mucho que decir como mentor de generaciones que le aman y respetan.

Los valores en el hogar

Medita un poco y dice: “Creo que los valores se adquieren primordialmente en el hogar, pero si esto no es posible por diversos factores, corresponde a la escuela primaria la responsabilidad de inculcarlos. Pero en concreto, si los valores son los grandes ausentes en el hogar y en la primaria, ya no cabe enseñarlos en ningún otro lugar.

¿Cómo se inculcaban los valores en la enseñanza de antes?

De un modo práctico y cotidiano, en aquellos tiempos, si se decía que mañana es el Día de la Madre o el Día de Difuntos, yo recuerdo que mi maestra de primer grado —doña Antonina de Rosales— iba con nosotros al cementerio a ponerle flores a nuestros deudos y a todos los compañeros de la escuela que habían fallecido.

De esa y en otras muchas formas aquellos sabios maestros nos fomentaban el cariño y respeto que debemos guardar a nuestros mayores y progenitores vivos o difuntos. En verdad nosotros somos la suma de lo que una cantidad de personas nos enseñaron: si desde pequeño te dicen y aconsejan que debes ser honrado, honrado serás para el resto de tu vida. Creo que por eso, en la escuela a la que yo asistí, se encargaba a los maestros con mayor capacidad los primeros años de primaria. Hoy es al revés, y por eso el niño o la niña no reciben una formación que les permita ser cuando adultos lo que aprendieron a ser cuando niños.

En el hogar los padres también ponían lo suyo cuando designaban responsabilidades para el menor: éste debía arreglar su cama, ayudar en el hogar, se les enseñaba que no es vergüenza barrer la casa ni barrer el patio ni hacer las compras, mucho menos aprender algún oficio. En cambio hoy los niños no barren ni en su casa, les avergüenza lavar los platos y los padres de familia no se preocupan por fomentarles estos hábitos.

Los valores cívicos

Por otra parte, cada 14 de septiembre nosotros recordábamos la Batalla de San Jacinto y las efemérides patrias. Hoy es una lástima. Cuando le preguntamos a los bachilleres, incluso a universitarios, qué es lo que se conmemora del 14 de septiembre, a duras penas logran mencionar a Andrés Castro.

Nosotros desde la primaria dominábamos la historia y como ejercicio cívico desfilábamos por las calles para reunirnos en el antiguo Parque Central, donde se nos leía la bellísima Promesa a la Bandera, en la que teníamos que poner mucho fervor. Ese juramento fue redactado en tiempos de Somoza y por eso lo cambiaron, pero era muy poético y noble, usted debe recordarlo: “Sobre nuestras cabezas ondea majestuosa, la bandera azul y blanco de la patria, símbolo el más puro, el más noble…” ¿Lo recuerda, verdad?

Y aquí recuerdo que cuando estaba en segundo grado llegamos al kiosco y me fijé que al izar la bandera lo habían hecho con el escudo viendo hacia abajo, y dije: “Ve, pusieron la bandera patas para arriba”. Una maestra, que no era mi maestra pero que estaba a mi lado, me dijo: “En primer lugar no se dice patas para arriba, se dice pusieron el escudo invertido; en segundo lugar, del escudo se habla con respeto y veneración”.

Yo salí de primaria sabiendo muchas cosas y teniendo conciencia de que no sabía nada. Sabía historia, geografía, matemáticas; pero además sabía manejar un serrucho, un martillo, cepillar y tallar madera, tejer cinchas para caballos y hacer fajas de cuero. Esa escuela formaba a los alumnos no sólo en el saber sino a desempeñar un oficio que podía servirles durante el resto de su vida.

La pedagogía del NO

¿Se inculcan valores en las escuelas de hoy?

No les dan importancia. Lo que impera es la Pedagogía del NO. Usted va a una escuela y lo primero que observa son letreros: “No bote papeles en el suelo”, no haga esto, no haga lo otro, y la maestra es la primera que bota papeles en el suelo. Las prohibiciones no educan, las prohibiciones hacen que uno se rebele contra la prohibición y eso es normal en todos nosotros, si te dicen esto no se hace, lo hacemos porque queremos saber por qué no se hace. Eso en mi opinión ha hecho que la escuela de hoy, además de haber descendido enormemente en calidad puramente instructiva, no forma valores humanos, no existe el respeto ni el compañerismo, la colaboración se ha confundido con trabajos de grupo, pero trabajo de grupo no es trabajo de colaboración sino simplemente trabajo hecho en grupo.

Esta escuela de hoy no forma valores cívicos y como consecuencia lo que tenemos es la ignorancia acerca de nuestra historia, de nuestra geografía. Recuerdo que hace tal vez unos doce años, pasé por un aula y me detuve a oír la clase —tengo la cualidad de meterme en lo que no me importa—, la profesora estaba hablando de los volcanes de Nicaragua y dijo que el Momotombo está inactivo, entonces me metí en lo que no debía y dije: ¿Y el humo que sale por su cráter, será porque se está fumando un Winsord? A mí sí me enseñaron a conocer mi tierra, sus ríos, sus volcanes, los árboles, las aves y los animales terrestres; sus habitantes y lo que producen. Uno llega a querer a su tierra por lo que sabe de ella.

Sobre los mitos y leyendas

Todos los años los alumnos me vienen a preguntar la misma cosa: ¿Quién fundó Jinotega? Y me pregunto cómo es posible que existan maestros en esta ciudad que no sepan que Jinotega nunca fue fundada por nadie, sino que fue un asentamiento espontáneo de los mexicas en la confluencia de los dos ríos.

Pocos conocen las leyendas de Jinotega, que son tan lindas: la del Príncipe Degollado, la de Mixtli donde yo he metido bastante mis manos, la de Los Compadres, La Cegua, que aparecía aquí nomás en el barrio San Antonio. No quiero decir con esto que el conocer una leyenda haga mejor a una persona sobre aquella que no la conoce, lo que quiero decir es que las leyendas forman parte de la idiosincrasia de nuestro pueblo y forman parte de nuestro acervo cultural.

Quisiera decir que cuando yo estaba en secundaria tuve buenos maestros de quienes guardo grandísimos recuerdos, creo que algunos de ellos nos dieron clases a los dos: doña Leonor García viuda de Estrada, don Santiago Juncadella, Fidelito Saballos. Cuando salí de la secundaria yo era bachiller, de los bachilleres de antes, que teníamos que hacer examen público ante un tribunal donde nos preguntaban sobre todas las materias de primero a quinto año; sin embargo uno se daba cuenta al salir que era un perfecto ignorante, que tenía que empezar a aprender de la vida.

Cuando me bachilleré quería estudiar Psiquiatría, pero mi mamá me decía: “Estudia Farmacia, que eso produce reales”. Pero yo no quería ser farmacéutico. La necesidad me obligó a buscar trabajo como maestro, y lo encontré en el Colegio San Luis, que estaba fundándose. Y comencé a aprender, porque para enseñar uno tiene que saber diez veces más —por lo menos— de lo que va a enseñar, y para enseñar valores uno tiene que practicarlos frente a los alumnos o los alumnos no los van a adquirir jamás. Puntualidad, honestidad, limpieza, aseo personal, esas cosas yo las fui aprendiendo cuando comencé a ser maestro y esto es lo que he predicado toda mi vida. El maestro es una especie de espejo en la que se ve el alumno, yo no digo que el alumno debe imitar al maestro, al contrario, Leonardo Da Vinci dijo que pobre del alumno que imita a su maestro o quiere ser como él. El alumno debe superar a su maestro, y el maestro debe darle las armas para que logre ese propósito.

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