Abanderado de los valores de “trabajo”, “mérito”, “respeto” y “autoridad”; autoproclamado “candidato del pueblo”, el hiperactivo y voluntarista Nicolas Sarkozy espera alcanzar este domingo el sueño de su vida: la Presidencia. Encarna, a sus 52 años, una nueva generación y libra su primera campaña presidencial, tras tres décadas en la política.
Hijo de un aristócrata húngaro refugiado en Francia a finales de la II Guerra Mundial y nieto, por el lado materno, de un judío de Salónica, el conservador Sarkozy dice que quiere “devolver a Francia todo lo que le ha dado”.
Abogado y diplomado en Ciencias Políticas, se adhiere en 1974 a la UDR de Charles de Gaulle y en 1976 a su sucesora, el RPR del actual presidente saliente, Jacques Chirac.
Elegido a los 28 años alcalde de Neuilly-sur-Seine, localidad selecta de las afueras de París y diputado a los 33, fue Ministro de Presupuesto a los 38 en el Gobierno del premier Edouard Balladur. En las Presidenciales de 1995, apuesta por Balladur contra Chirac, un error que pagaría con una larga travesía del desierto. Sarkozy, que se había introducido en el círculo privado del entonces Alcalde de París, pasó de ser “el pequeño Nicolas” al “pequeño traidor” para el clan Chirac.
En 1999, como Ministro de Interior, donde su lucha contra la delincuencia y la inmigración ilegal le convierten en el político más popular de la derecha y luego como titular de Finanzas, hasta que en 2004 toma las riendas de la UMP, creada en 2002 por Chirac.
Sarkozy derrotó las maniobras de los seguidores de Chirac e hizo de la UMP una poderosa maquinaria al servicio de su ambición presidencial. Tras el “No” de los franceses a la Constitución europea en 2005, Chirac no tiene más remedio que recuperarle para el Gobierno como Ministro de Interior.
Padre de tres hijos y casado en segundas nupcias con Cecilia, de ascendencia española, Sarkozy quiere ser amado pero asusta a muchos por su autoritarismo.
Hay quienes incluso predicen una “explosión” en las barriadas periféricas la noche electoral si es elegido, el que, como titular de Interior, prometió limpiarlas con “manguera de presión” y llamó “gentuza” a los jóvenes delincuentes que las habitan, poco antes de que estallaran las revueltas del otoño de 2005.
Sin ambages proclama su admiración por Estados Unidos y el éxito económico estadounidense.