La muerte de este Hermano de la Salle, acaecida en Managua el sábado 22 de abril, no ha llamado la atención del mundo político; no eran esos los campos de su actividad apostólica en los que por muchos años se dio a quienes con frecuencia no tienen quien se acuerde de ellos: los presos.
Español por nacimiento y nicaragüense por amor a este pueblo pasó largos años de su vida en la sombra, sin hacer alarde de nada, oculto como la violeta, pero perfumando con su virtud, saber y entrega los jardines de la miseria en que viven los privados de libertad.
Nacido en España, muy joven llegó a nuestra tierra como un auténtico Hermano de La Salle iniciando sus actividades apostólicas en León, Managua, Jinotega y Diriamba, donde encontrará otros jóvenes que se aprovecharán de su capacidad docente.
Inquieto por naturaleza y llevado por el celo apostólico fue dejando a su paso huellas que aún perduran en los que un día fueron sus alumnos. Tuvo ansias de superación, porque vislumbraba campos con los que pocos había soñado. Llevado por ese deseo de capacitarse para darse, los superiores le enviaron a México. Allí en la Nacional Autónoma obtuvo el título de licenciado en Psicología.
Ya armado caballero de la docencia, los superiores le enviaron a Honduras; en San Pedro Sula trabajó varios años, entregado a la formación de los pobres. En las aulas del colegio La Salle estableció una escuela nocturna, patrocinada por la empresa privada. Después de cuarenta años, allí siguen acudiendo jóvenes y adultos a quienes la necesidad y el trabajo impiden una escolaridad formal.
Regresó a México y en Monterrey obtuvo una maestría en Psicología Empresarial. Con esta nueva capacitación se le abrían las puertas de sectores que necesitaban orientación, para hermanar el conflictivo mundo de la empresa. Trabajó varios años en Honduras y en 1988 volvió a Managua.
Trabajó como orientador en el Pedagógico pero aquellos campos no eran suficientes para realizar su capacidad de darse a los demás. Trabajó en empresas y poco a poco se fue orientando hacia la pastoral carcelaria. Penetró decidido en este mundo de recluidos y trató, como san Pablo, de hacerse como ellos para ganarlos en Cristo.
No escatimó medios para hacer de la cárcel un mundo más humano. Comenzó por la educación y formalmente estableció una escuela con los grados de primaria. Reclusos eran o maestros de sus compañeros. No quedó ahí su deseo de promocionar a estos hombres en cuyas mentes el hermano Font sembraba luces de esperanzas. Logró que algunos reclusos siguieran formalmente estudios de secundaria; hubo varias promociones hechas con todas las de ley. Les proporcionaba togas para que esos hombres y mujeres, a veces sin esperanzas, tuvieran un día apartados de su mundo.
Con ayuda construyó un salón para biblioteca donde los reclusos pueden cultivarse en los momentos que el reglamento lo permita. Las navidades era algo que preocupaba al Hermano Font. Casas comerciales y amigos le proporcionaban cuando necesitaba para días tan señalados.
Su ideal fue llevar luz a estos hombres y mujeres abandonados. Los testimonios que dieron algunos de los beneficiados en la vela del Hermano Font son claro testimonio de que pasó por la cárcel haciendo el bien. Ejemplo de una vida vivida en la penumbra, pero del todo entregada a Dios y a los hombres. Hombres como éste necesitamos para hacer un mundo mejor.